miércoles, 2 de diciembre de 2015

El nombre perdido




Había días que me miraba como hipnotizado, sin parpadear. Ya casi nunca hablaba. Los años de enfermedad le fueron consumiendo igual que el fuego a una bujía. Sólo me miraba, extraviado, como si estuviera leyendo en mi interior. Yo me sentía desnudo y violento, no quería que mirara dentro de mí. Mi madre rompía la tensión sacándolo de su trance.
— ¡Niño! —nunca la oí llamarle por su nombre— ¿Qué miras? ¿Sabes quién es ése?
Y él la miraba con ojos de niño, esbozando una tímida sonrisa, como disculpándose por su ignorancia mientras movía la cabeza suavemente de lado a lado. Y a mí me dolía por dentro, más que si hubiera visto mis miserias.
Una mañana ya no tuvo fuerzas para levantarse y redujo su mundo a las cuatro paredes de su habitación. Cuando iba a verle ya no me miraba fijamente. Tras un leve vistazo dejaba caer sus párpados y se hundía, lento, como perdiéndose en una niebla de sábanas de algodón. Ni siquiera mi madre lograba traerlo de vuelta.
— ¡Niño! —¡Quién sabe si olvidó su nombre!— ¡Niño! ¡Escúchame!...
Y él desobedecía. Solo a veces dibujaba en su cara un gesto de fastidio y rehusaba la comida o el agua que le ofrecía.
Ella entraba furtiva una y otra vez en el dormitorio con un vaso de zumo y una pajita.
— ¡Niño! —le susurraba— ¡Niño! —Incansable. Y le tocaba el brazo— ¡Niño! —la cara, la frente— ¡Niño!
La mañana del domingo mi hermano mayor dio la voz de alarma y nos juntamos a su lado. Mi padre respiraba con dificultad, luego llenó sus pulmones como con avaricia y los vació lento por última vez.
Mi madre trataba de retenerlo mientras le llamaba.
— ¡Niño! ¡Niño!—Y aceptando la derrota, decidió devolverle la identidad de hombre— ¡¡¡Emilio!!! — dijo. Y lloró.


domingo, 29 de noviembre de 2015

El enigma




A la pregunta de —¿Cuántos añitos tienes?— Andrea responde extendiendo los cinco dedos de su mano derecha como los rayos de un sol de lápiz. Luego, con el índice de la otra mano, como una nube solitaria en el cielo limpio, oculta dos de ellos, los dobla, los castiga, y muestra triunfante un sol eclipsado con tres rayos curvados por el esfuerzo. La luz está en su sonrisa, en sus diminutos dientes, en sus rizos.
La niebla que sale de detrás de la mampara de la ducha, avanzando como una difusa araña por el techo, va cargando el ambiente de un agradable calorcito en el que se disuelve la pereza de quitarse la ropa. Héctor canta, hace gárgaras y juega con el agua caliente. Ella lucha por sacar la cabeza por el estrecho agujero del jersey, se queja, gruñe, se enfada. Cuando lo consigue, una misteriosa llamada a su curiosidad la lleva frente al espejo empañado, donde pasea un dedo por el cristal frío y fabrica líneas sin sentido y círculos deformes. Tras una pausa pequeña, piensa y decide que puede pintar una casa, su hermano le enseñó cómo hacerlo, pero ya no le queda espacio, sólo un rinconcito donde dibuja el tejado, que también Héctor le explicó que es como la “A” de Andrea. Luego lo borra todo con su mano abierta diciendo adiós. Su palma está mojada y en el espejo está lloviendo, se ven montones de pequeñas gotas de agua suspendidas en el aire, como en una foto, pero ella se mueve. ¡Qué divertido!
La puerta se abre rápido, y suena la voz de mamá, presurosa, impaciente.
—Héctor, termina ya, no gastes más agua caliente. ¿Y tú? ¿Todavía estás así? Desnúdate y avísame cuando estés para que te duche.
Aunque se baja los pantalones y las braguitas a la vez con las manos hasta las rodillas, termina el trabajo subiendo y bajando los pies como un soldado que desfila sin moverse del sitio, luego recoge la pelota de ropa y la pone en la cesta de mimbre. Se gira al espejo que vuelve a estar blanco y hace una ventana para encontrarse con su cara. Se saluda con una sonrisa, abre la boca para mirar dentro y pone caras monstruosas que la hacen reír hasta la carcajada.
La puerta de la mampara se mueve a un lado y sale de entre el vapor Héctor, chorreando, con el pelo en tres mechones tiesos, desequilibrados, como los de un monigote de tiza. Tiene los brazos estirados al frente y las manos con los dedos como garfios. De su boca sale un gruñido que acaba su terrorífico timbre en un castañeo de dientes llevándolos a los dos a una serie de risas estridentes y contagiosas.
Andrea lo mira mientras se seca, observa su cara allí arriba y luego posa sus ojos por debajo del ombligo, en su tímido pene. Se acerca curiosa y una vez más, como todos los días, quiere tocarlo. Su hermano, al darse cuenta, le retira el dedo extendido con un manotazo. Ella sigue mirándolo fijamente, abstraída, y busca con sus manos entre sus muslos. Al no encontrar nada parecido trata de acercar sus ojos, para ello dobla las piernas ligeramente, mete el culo, arquea la espalda y baja la cabeza todo lo que puede. Parece un enorme signo de interrogación. Está en esa tarea cuando entra su madre y busca en ella la respuesta al enigma del momento
—Mami, ¿a mí cuando me va a salir el pito?

jueves, 26 de noviembre de 2015

Piedras





Su pequeño cuerpo parecía un perchero del que colgaba toda la ropa que pudiera tener en propiedad. En la última capa un tres cuartos de color indefinido de cuyos bolsillos sacaba rápida las piedras que arrojaba a su invisible perseguidor. Desde su boca también le arrojaba insultos, gritos ininteligibles, arañados y rasgados por los dos únicos dientes que le quedaban en las encías arrasadas.
Su pelo, cortado a grandes trasquilones, parecía una roca debido al duro amasijo que formaba con el polvo y el sudor acumulado de días, de meses… En su cara y en su piel, las arrugas aprisionaban en su interior una capa de roña que, a modo de pátina, imitaban la madera vieja.
La Loca, así se la conocía, siempre estaba huyendo. Caminaba por las calles empedradas del pueblo arrastrando su vida loca. Iba por los caminos de tierra empolvando sus pies locos. No se paraba en ningún sitio. Tras de sí, como un gigante y mutado caracol, dejaba un rastro de letanía, un criptograma, una cadena de palabras sin fin, un murmullo viscoso. Y a cada tanto giraba su cuerpo, emitía esos locos gritos, tiraba piedras y corría de un peligro imaginario. En la huida aprovechaba para hacerse con nuevos proyectiles. Sin aparente esfuerzo doblaba su cuerpo menudo y recogía todo lo susceptible de ser lanzado. Tenían más valor las piedras vivas, las de filos redondos y del tamaño de un huevo. Los baches de las calles empedradas eran polvorines de los que cogía la munición con avidez malsana, con ansia, con recurrente avaricia.
La loca tenía una historia que a veces asomaba en sus ojos espantados. Una historia que se desbordaba en gotas saladas, en abstractas corrientes que borraban la mugre de su cara y dejaban atisbar un fondo limpio y cuerdo tras los cristales recién lavados. Con esos retazos la gente componía las otras historias, completas e inventadas, al calor de los hogares, en los ratos de costura o en las colas del mercado.
La Loca servía de diana para las burlas de los niños audaces y temerarios.
—Loca, tú no estás loca, tú estás tonta, ¡ja ja ja!
Pero las chanzas no tuvieron nunca represalias. Servía de igual forma, de excusa a lo perdido.
—Juraría que lo acabo de poner encima de la mesa, seguro que entró la Loca y lo cogió.
Para todo mal inesperado.
La Loca te echó mal de ojo.
Para desahogo de frustraciones.
—¡Fuera, Loca, vete de aquí!, sólo me faltaba que me pegaras algo.
Para matar desobediencias.
—Como no te portes bien te regalo a la Loca.
Y para acallar conciencias o calmar dolores de pecados.
—Toma, Loca, aquí tienes para que comas —y le ponían en la mano algún bocadillo o trozo de queso envuelto en papel de estraza que ella recogía sin dejar de mirar de reojo por encima del hombro.
—¿De quién corres, Loca? ¿Quién te sigue? ¿A quién temes?—y cada pregunta quedaba suelta, levitando sin respuesta. Como mucho, asistían a un nuevo episodio en el que asustada, con los ojos perdidos en ninguna parte, gritaba, tiraba piedras y escapaba del que la perseguía, de su miedo oculto e invisible.

Aquella mañana, temprano, antes de salir al campo pasé por el bar a tomar el primer café del día. Y como siempre que había una novedad que contar, un motivo para escapar de la rutina, la noticia flotaba palpable en el aire como si de la humedad se tratara.
—¿Te has enterado? La Loca ha muerto —me dijo Gregorio mientras me acercaba la taza de café humeante, cumpliendo con su deber de pregonero aficionado, con su vocación de comadre chismosa—. La han encontrado muerta en medio de la calle del Ayuntamiento.
—Pues menudo estreno que ha tenido —sentenció el Seis Dedos con un madrugador tono de sarcasmo—. Hoy era cuando iban a inaugurar las aceras y el asfalto de esa calle.
—Yo creo que la han matado. —Matías y su eterna filosofía de conspiración—. Ese no es un sitio normal para ir a morirse. Y un robo no ha sido, porque… ¿Qué tenía la Loca?
—¡Piedras! — y contestaron risas al comentario anónimo.
—¡Qué va! Dice el cabo de la Guardia Civil que no tenía ni una, que llevaba los bolsillos vacíos. —Gregorio en voz baja, tratando de poner tono de confidencia, de misterio—. Las había tirado todas.
—Pudo haber sido un infarto, no creo que haya otra explicación —intervine yo, poniendo los pies de todos en el suelo— ¿No?
Y desde el final de la barra, con su acostumbrada parsimonia y voz ronca, nos llegó la solución del enigma de la mano del viejo Antonio, el de Las Cañadas.
—Está claro como el agua —una profunda calada al pitillo prendió nuestras miradas en su punta de fuego rojo—, lanzó todas las piedras, y en la calle nueva, en el asfalto —enredando las palabras en volutas de humo— no pudo encontrar más munición con la que seguir espantando a la muerte.

miércoles, 25 de noviembre de 2015

La cíclica historia




—Aquí tiene su café —dice la niña y pone la pequeña taza de plástico frente al oso que, imperturbable, permanece sentado de forma rígida mostrando las plantas acolchadas de sus patas—, tenga cuidado que quema —le advierte— ¿Y el trabajo, cómo va? Cansado, ¿verdad? —el peluche sigue mirando como a través de ella— Sí, debe de ser el gato que anda por allí —añade en tono de confidencia—. Hace siempre lo que le da la gana, no hay forma de que obedezca. ¡Es un caso perdido! —acaba sentenciando. Solícita le ofrece— ¿Le pongo azúcar?
Reordena sobre la mesita los cubiertos amarillos y las servilletas de papel moviéndolas apenas unos milímetros, y suspira.
—Si no te lo tomas se te va a enfriar. ¿O es que no te gusta? —Empieza a mostrarse enfadada—. Podías haberlo dicho antes y me hubiera ahorrado todo el trabajo. Es que no me tienes en cuenta —le grita—. Me paso todo el día trabajando para nada. ¡Pues ahora te lo tomas y punto! —Golpea con su puño sobre la mesa— ¡Oso estúpido!
Se gira al advertir una sombra en el umbral de la puerta. Sonríe al reconocer a su madre.
—Estoy jugando —explica.
La mujer se le acerca y pone en su mejilla un sonoro beso que estalla al romperse el vacío que crearon sus labios.
—Sí, mi amor. —Y se aleja ordenando mentalmente el trabajo que le queda en la cocina para terminar la cena antes de que él llegue.
—¿Quiere unas galletitas? —dice la niña al peluche que permanece rígido.

domingo, 22 de noviembre de 2015

Preámbulo al Quijote




La lluvia le impidió ir de caza, así que decidió gastar la tarde en un viaje por los mundos de la caballería. Encendió el candil. Extrajo del cajón un libro cuya portada rezaba Amadís de Gaula. Al pasar las páginas, una de ellas, altanera, le hizo un corte en el dedo índice. A don Alonso se le envenenó la sangre de literatura.

sábado, 21 de noviembre de 2015

Cimientos de Psicosis




Con el pelo canoso y el traje negro, aquella mujer, sacada de un tiempo pasado en el que los colores no existían, seguía impasible con el bolso en su regazo mientras la funcionaria guardaba los papeles tras echarles un vistazo de aprobación.
—Falta la firma del director para hacerlo oficial… pero ya tiene usted los permisos para la explotación del hotel. Enhorabuena, señora Bates.
—No es más que un parador de carretera —respondió sin que su gesto pétreo cambiase—. Llamarlo de otra forma es arrogancia.
—Sí, bueno —dijo mientras se levantaba dando por terminada la entrevista. La excesiva rigidez de la mujer la ponía nerviosa. Aún así, intentó de nuevo ganarse su simpatía alabando al hijo que había permanecido sentado y en silencio—. Sospecho que este hombrecito tan guapo hará de él un hotel famoso —y acarició el rostro del adolescente que, sintiendo el inicio de una erección, bajó avergonzado la mirada.
—Vamos —ordenó al niño y volvió a convertir la boca cerrada en una arruga ligeramente más pronunciada que las otras que empezaban a notársele en el rostro
Bajaron del taxi junto a las habitaciones a pie de carretera. Caminaron hasta la casa que se dibujaba contra el cielo sobre la loma. Ya en ella aleccionó al joven
—Las mujeres son invitaciones del demonio. Ve a lavarte allí donde te tocó y desecha cualquier pensamiento impuro que tuvieras. Sé que el cuerpo de un hombre es tierra fértil donde crecen los pecados. Pero yo, que soy tu madre, te ayudaré a convertirla en un erial donde ninguna de esas semillas crecerá —y sacó del armario una vara con la reverencia de un objeto de culto.
En cada golpe, a Norman, le nacía un grito que no abandonaba su boca y una oleada calor le bañaba los genitales.

viernes, 20 de noviembre de 2015

El examen




En épocas de exámenes, la biblioteca de la Facultad se convierte en un muestrario de zombis, de seres demacrados que más que dar miedo lo rezuman por sus poros. Allí andan algunos encorvados, sujetándose la cabeza como si esta quisiera escapar de ese suplicio y la obligaran a mirar fijamente los libros abiertos de hojas infinitas. Unos pocos están estirados sobre las diminutas sillas, retrepados hasta la insolencia, pretenden, quizá, imitar la postura que tendrían de estar sobres sus camas. Otros, en una paradoja, pasean afuera como animales encerrados.
El murmullo en la biblioteca es eterno, pero las risitas que bailan sobre él en algunos meses han desaparecido en esta época gris. Ahora el murmullo recuerda a una letanía de rezos donde se repiten leyes y fórmulas con la esperanza de alcanzar la inmortalidad en nuestras mentes cansadas. Ya tarde, cuando se acerca la hora de las brujas, se hacen más patentes nuestras ojeras y nuestra piel blanca nostálgica de sol.
Frente a mí había aquella noche una chica a la que no recordaba haber visto nunca. Tenía el pelo largo y muy lacio, y también indómito, pues una y otra vez se le escapaba de la prisión de la oreja donde ella se empeñaba en dejarlo con un gesto mecánico y puntual de una veintena de latidos. Movía los labios como si recitara lo que estaba leyendo, pero parecía más un tic, pues sus ojos pasaban sobre el texto a una velocidad a la que sería imposible la dicción. Cada tanto levantaba la cabeza y doblaba el cuello hacia atrás para descongestionarlo de la postura forzada a la que lo tenía sometido. Cerraba los ojos y abría la boca en ese gesto, así podía yo mirarla tranquilo sin miedo a ser descubierto. Quedaban, en esos segundos, expuestos a mi vista la parte de su pecho y aquellas pecas que el escote redondo y vencido de su abrigo de lana no podía esconder. Apenas se le veía allí donde la carne cambia de ángulo y empiezan o acaban, que nunca lo supe, los senos. Y entre ellos, una sombra, un hueco, una promesa de calor como el que yo empezaba a sentir y que atribuí equivocadamente a la calefacción.
Una de esas veces nuestras miradas se cruzaron, se quedaron unidas un segundo. Yo le sonreí y ella bajó la vista al libro, pero ahora, consciente de que la miraba, no pudo continuar con su rutina automática y empezó a jugar con un lápiz al que hacía apoyarse sobre la mesa y sobre el que resbalaba sus dedos desde arriba hacia abajo; volvía a girarlo y a resbalar sus dedos sobre él. Creo que noté el rubor pintar sus mejillas. Cuando se llevó el lápiz a la boca, tratando de aparentar naturalidad, la imaginación me bañó de fuego.
Aproveché que dio un bostezo y me acerqué a ella con mi termo.
—Hola, tengo café, ¿te apetece uno?
No esperé a que me respondiera, lo abrí y empecé a llenar la taza que le hacía de tapa.
—Aún no he tomado, la taza está limpia —y seguí hablando, no podía darle la oportunidad de rechazarme—. Puede que esté amargo, no me gusta mucho el azúcar y para estar despierto es mejor que sea fuerte. ¿No crees?
Tras la sorpresa en que permanecieron sus ojos un rato, se podían leer las preguntas cuya falta de respuestas la descolocaban. Seguí con mi cháchara.
—Si quieres puedo tomar un sorbo antes y así te demuestro que no está envenenado. O igual soy inmune al veneno, que todo puede ser.
Su falta de respuesta ya me estaba afectando y un escalofrío empezaba a tomar fuerza en mis rodillas y en la espalda, a la altura de los lumbares. Fue la sonrisa que se le escapó la medicina para mis temores.
—¿Cuándo es el examen? —(Dejé de hacer el payaso).
—Mañana.
—El mío también, y… ¿sabes? No creo podamos ampliar mucho nuestros conocimientos en lo que nos queda de noche. Creo que la estamos malgastando.
—La noche —dijo con un toquecito de sorna
—Sí, la noche.
—No te voy a preguntar cuál es tu proposición. Gracias por el café, y ahora, si no te importa…
—¿Me vas a echar así? ¡Hemos compartido un vaso! —protesté.
—Me has regalado un café y eso no me obliga a nada. Los regalos no se pagan, perderían su esencia.
A cada segundo ella se adueñaba del aplomo que yo perdía.
—¿Volveremos a vernos?
—Eso depende de la capacidad que tengas para controlar tus sueños.
Asentí y volví a mi sitio, vencido. Ella siguió allí hasta la madrugada, y yo no la perdí de vista. Seguí viendo el baile del lápiz, los dientes que lo mordían, los dedos que encerraban el pelo en la oreja y, de vez en cuando, una sonrisa que me regalaba a cada rato desmintiendo el frío de su trato.
La luz del amanecer nos trajo un despertar al mundo amplio de la realidad. Los estudiantes florecieron como las malas hierbas con los primeros rayos de sol de la primavera, y el temor al fracaso se hizo denso como la gelatina.
Yo, suspendí el examen. Apenas contesté a tres o cuatro cuestiones. No me preguntaron por sus pecas, ni por su pelo, ni siquiera por el color de sus ojos, tampoco por las nueve cifras que me pasó en un papel cuando se fue al filo de la madrugada; porque esas fueron las únicas cosas que logré memorizar aquella noche.