lunes 21 de julio de 2008

La llamada


        A las tres de la madrugada, cuando todo está en silencio y la respiración del sueño se desliza suavemente por el suelo, el timbre del teléfono rompe todo con malsana indiferencia, con saña.

        Luisa, despertada bruscamente, manosea nerviosa y asustada encima de la mesita buscando el auricular, cuando lo coge se lo lleva al oído con una mano y con la otra, se aparta el pelo de la cara.

        —¿Diga?

        Recibe por respuesta silencio, sólo cuando los latidos se su corazón se calman del sobresalto, percibe una respiración al otro lado.

        —¿Diga? ¿Quién es?... ¡No le oigo!

        La voz es gutural, excesivamente ronca, lenta y con cierta sorna le responde:

        —¿Me has estado llamando?—Luisa cuelga rápidamente; no le gustan las bromas, y menos cuando es de noche y está sola. Se ha desvelado. Enciende la luz y suelta un grito al ver esa figura alta detrás de la puerta.

        —¡Mierda, qué tonta soy! — se ríe al comprobar que no es otra cosa que el albornoz y la bata colgadas de la percha. Baja los pies al suelo, buscando las zapatillas y le asalta el recuerdo de la infancia de monstruos bajo la cama que le agarran los tobillos. El grito es aún más fuerte cuando vuelve a sonar el teléfono. Ya no sabe a qué atenerse, qué hacer. Despejando con un gesto negativo de la cabeza los fantasmas, vuelve a descolgar y antes de decir nada, una voz de niño haciendo pucheros le eriza el pelo de la nuca.

        —¡No lo hagas! ¡Esto duele!

        —¡Como sigan llamando, avisaré a la policía! — contestó nerviosa.

        Hacía frío, una ligera brisa entraba por la ventana, se acercó a cerrarla y por un momento confundió su reflejo en el cristal con el de alguien que se dirigía hacia ella con los brazos abiertos. Soltó la hoja y retrocedió en un acto reflejo; chilló al sentir en su espalda una suave caricia… de la cortina. Se maldijo, se llamó estúpida por dejarse engañar por la sugestión, y con la libertad que le da la soledad, lloró aliviando la tensión. Caminó por el pasillo en dirección a la cocina, a mitad de la camino la detuvo el zumbido acuciante y largo del portero automático. Volvieron los temores, y la luz del pasillo no deshacía la amenaza de la oscuridad que empezaba en el umbral de la puerta.

        —¿Si? — dijo sin convicción.

        Le contestó la misma voz infantil.

        —¿Estás llorando por mí? Algo negro me persigue, tengo miedo.

        —¡Déjenme en paz! — el grito se le rompió junto a su garganta en la última vocal.

        Desde el final del pasillo, donde los dormitorios vacíos dormían abandonados, le vino el llanto de un bebe, lejano, como si procediera de otro piso y llegara apagado por las paredes. Seguía haciendo frío, por la espalda sintió como la caricia de una mano helada, la presencia de algo que la observa. Sus ojos permanecían fijos en el final del pasillo, donde el llanto crecía en intensidad. No quiso avanzar, ni retroceder. Tuvo miedo de que apareciera algo frente a ella, tenía miedo de volverse y ver aquello que presentía. Quiso cerrar los ojos para evitarlo pero temió tocarlo con las manos cuando las extendiera para no tropezar con las paredes. Alguien golpeó con los nudillos en la puerta de entrada, en los ecos de los golpes y en rasgar de afiladas uñas le pareció oír una voz grave que preguntaba:

        —¿Me has estado llamando?

        El llanto del niño terminó, y se oyó suplicando la entrecortada voz por los suspiros:

        —¡No lo hagas! ¡Esto duele! ¡Tengo miedo!

        Luisa corrió aterrorizada y se encerró en el baño, era la puerta más cercana. La cerró y puso el seguro, se apoyó en la madera y temió que cediera con su peso. A través de ella oyó como sonaba el timbre del teléfono arrastrándose por el suelo y colándose por las rendijas bajo las puertas. Se lavó la cara queriendo que el agua la despertara de esa pesadilla. Al secarse vio, presa del pánico, un niño que la miraba llorando tras su imagen en el espejo. A su lado una silueta alta y negra le sujetaba por el hombro. El timbre no dejaba de sonar, y gritó, pero nada salía por su boca, sólo pareciera que se le escapaba por entre los labios abiertos, la vida.

        Abrió los ojos y se incorporó de golpe, estaba sudando, por la ventana abierta entraban los primeros rayos de sol. Y encima de la mesita de noche el despertador sonaba como con furia. El sueño aún marcaba los latidos de su corazón, el temblor de sus músculos. Tendió su mano y lo apagó, resbaló sobre el reloj y cogió el Predictor, lo acercó a su pecho y lloró desconsolada por largo rato, luego, decidió no ir al trabajo y dormitó un par de horas. No desayunó ni se vistió en todo el día, y tampoco hizo esa llamada que planeó el día anterior a aquella clínica abortiva.

viernes 27 de junio de 2008

Zapatos


De pié en el pretil de esa terraza, no siente vértigo; al fin y al cabo, toda su vida ha sido una caída libre. Al fondo, en el horizonte, el cielo resplandece suavemente de un naranja, tan sucio, que no sabe distinguir si es el amanecer, o las luces reflejadas en el vaho de la ciudad. El aire, aunque manchado, le refresca los tobillos, los hombros, casi congela la piel allí donde las lágrimas dejan regueros de dolor; y empujando contra su cuerpo el liviano vestido, le ofrece una tentadora promesa de lecho de algodón en el que descansar el sufrimiento.


—Papá — sale de su boca como una palabra mágica que tuviera el poder de la libertad, y evoca aquellos días que parecen soñados de tan lejanos.


“Mi princesa” la llamaba, y la hacía volar como un hada, para refugiarla luego en la torre de sus brazos; su castillo, donde se dormía tranquila y a salvo entre aromas de loción y tabaco. “Mi princesa”, resonaba como un eco.


No llegó a ella con un zapatito de cristal sobre cojín encarnado, aunque el primer beso la despertara a otro mundo. Le trajo promesas de castillos encantados, y cuando, con su sonrisa blanca de príncipe azul, la llamó “Reina”, cambió los brazos protectores por otros de pasión.


Abajo, las luces de coches, de letreros, de insomnes extraños, le recuerdan al árbol de Navidad de su infancia que, desde su apartado rincón, coloreaba toda la sala de estar. A modo de abono, en el suelo, ordenados, se quedaban los zapatos de toda la familia en Nochebuena. Los suyos, pequeños, junto a los de su padre, grandes y olorosos a cuero y betún. A la mañana siguiente dibujaron en el cristal de la ventana con la punta de los dedos, mariposas, y a través del dibujo vieron la nieve que caía, mecida por el viento, pintando todo con su deslumbrante color de luz.


La cambió por la nieve con la que hacía dibujos lineales con una cuchilla, sobre un espejo de cristal; y cayó, como en un remolino sin fondo, sin poder agarrarse a nada.


De niña cabalgaba sobre sus hombros, sobre sus rodillas, sin descanso, dejando por los caminos una letanía de risas que hacían las veces de las hojas muertas del bosque. ¡Arre! Gritaba, y su pierna, como caballo salvaje, daba saltos amenazando con tirarla al suelo, pero siempre, antes de que eso sucediera, aquellas manos grandes la rescataban, y la felicidad salía de su garganta en sonoras carcajadas.


Cambió ese caballo, por otro que pisoteaba sus entrañas sin piedad, cuando le daba rienda suelta quitando la goma que ahogaba su brazo, y corría desde la jeringa, abrasando sus venas.


—Papá — murmuró, y en las lágrimas encontró el reflejo de aquellas que llenaban sus ojos cuando bailó en el festival de fin de curso, con su tutú, con las zapatillas de cinta de raso. “Mi llanto es de orgullo, princesa”, le dijo. Pero fue el orgullo, el de ambos, el que los separó años más tarde. Y en el estrecho pretil, esbozó unos lejanos pasos de baile, con sus pies descalzos.


— Papá — gritó perdida, y en los ecos de la ciudad que se despierta, escuchó un vago: “Mi princesa” al que avanzó buscando su refugio de loción y tabaco, sin darse cuenta que no llevaba puestas sus botas de siete leguas.


sábado 21 de junio de 2008

Shhhhh!


El timbre no funcionaba, así que golpeé con los nudillos sobre las capas de pintura verde que cubrían la puerta. Como tardaban en abrir y me pareció que no había sonado mucho, golpeé más fuerte. Mis nudillos se quejaron al igual que hicieron las bisagras.


—Hola.


—Ssssssssshhhh— me contestó llevando el dedo índice a los labios. Le besé labios y dedo a la vez. Su cintura me huía y entre risas lanzó una mirada autoritaria mientras volvía a chistar.


—¡Sshh!


—¿Qué pasa? ¿Hay alguien durmiendo?— bisbisé. Y a partir de ahí todo fue a media voz.


—No, es mi abuela que está en el salón.


Miré en aquella dirección, pero a través de la puerta entreabierta  no divisaba nada.


—Está dentro, ven que te la presente.


Pasamos el umbral y entonces la vi. Estaba en una mecedora vieja, como ella. La una llena de arrugas, la otra de carcoma. Las dos con articulaciones chirriantes. La anciana vestía una bata desvaída, estampada con pequeñas rosas, que parecía quedarle grande. Todo parecería quedarle grande a su cuerpo tan pequeño.


—Hola — le dije tímidamente.


—No te ha escuchado, está bastante sorda.


Mi desconcierto era evidente. Elena se agachó frente a ella, y cogió sus manos con suavidad, mientras paseaba sus pulgares por los dorsos manchados de vejez la oí susurrarle.


—Abuela, este es Pedro, mi novio. Ya te he hablado de él. Nos vamos al cine. Mamá viene pronto.


Le hice un gesto con la mano, pero no puede saber si ella me vio. Apenas si giró la cabeza.


Mientras íbamos hacia la salida, mi cara de desconcierto le hacía una muda pregunta.


—No entiendo.


—Mi abuela mantiene que en la última mudanza despistó a la muerte—encogió los hombros y sonrió, condescendiente—. Y ahora no quiere que se grite cerca de ella para no llamar su atención.


A través de sus labios vi el filo de sus dientes, y enamorado, besé labios y dientes. Su cintura me esquivó en dirección al porche y juguetones corrimos sobre risas contenidas. Al cerrarse la puerta. Como si hubiéramos dejado las reglas del otro mundo atrás, atrapé su cuerpo, y victorioso, sabiéndome el hombre más afortunado grité a la nada:


—¡Eh!, la abuela está dentro, en el salón.


—Tonto —me recriminó ella, y nuestras bocas se callaron la una con la otra.


 


Ya habíamos salido del cine hacía rato. Paseábamos como siameses con el cuerpo unido de juntos. Como militares, al mismo paso. Como militares siameses. Nos cruzamos con alguien que hablaba por su teléfono con la cabeza torcida, como si lo llevara colgado de la oreja y no pudiera aguantar el peso. Elena recordó que aún no había conectado su móvil, y apartándose de mí lo buscó en el bolso. Sin ella me sentí desnudo, tenía frío. El pequeño aparato después de iluminarse como una feria en miniatura, dejó escapar, en tropel, todas las llamadas perdidas.


—Es mi madre — me dijo preocupada—, me ha llamado un montón de veces.


Metió mano y teléfono bajo su pelo, con la otra mano cogió la mía. El que contestara no le dejó decir mucho, apenas salieron por su boca algunos inicios de palabras. Colgó y con la cabeza baja, ocultando su llanto me dijo:


— Es mi abuela, ha muerto.


Caminamos rápido hacia su casa, y en todo el camino cada uno iba metido en sus pensamientos. Yo nunca supe como reaccionar ante casos como este, y aunque era una soberana tontería, recé por que nadie, y mucho menos Elena, recordara que había sido yo el que había chivado a la muerte, el escondite de la pobre vieja.


 


 


 


 


 


domingo 6 de abril de 2008

Desesperanza.


Hace muchos años, perdí la cuenta, algunos amigos se rieron de mí por que comenté que las puertas se hicieron para permanecer abiertas. Creía firmemente que por ellas nos llegaría todo lo bueno, y es así, sin duda,  no se trata del pensamiento de un joven indestructible en su edad, es tan cierto como que por ellas, como la arena entre los dedos cuanto más aprietas, se escapan cada uno de los motores de la respiración, todo aquello que quieres, todo aquello que necesitas. Y no lo hace de a poquito, cada cosa en su fuga agranda el agujero, y lo que empezó siendo un simple poro, acaba convertido en impresionante tolva que se traga toda tu esencia y te deja el cuerpo vacío, quebradizo como cenizas de papel.


            Yo hice mi casa, la dibujé sobre un papel, luego cambié el boli por una tiza, y la dibujé en el suelo. Monté frágiles esqueletos de madera y les di fuerza recubriéndolos con tableros a modo de piel, entre ellos, imitando a venas, unos tubos reparten agua, otros llevan cables. Cada tornillo, entre su rosca, sujeta maderas y una ilusión. En cada junta hay un sueño. Cada gota de sudor derramada en su construcción, huele a perfume, a promesa de risas mañaneras. Tiene muchas ventanas, unas dan al este, por ese motivo en la cocina se servían desayunos de mantequilla sobre pan tostado por el sol. Otras dan al oeste, “Buenas noches Sol, hasta mañana”, y él se despedía coloreando las últimas luces como un niño pequeño, sin orden, sin mesura, con derroche. El techo es de vigas oscuras con una cubierta blanca, donde pegamos estrellas fluorescentes encima de las camas, no hay jardín ni césped, pero por las noches nos tumbábamos sobre las colchas verdes y mirábamos el cielo. Le hice una trampilla para subir al tejado, allí a veces tomo el sol compartiéndolo con las palomas, y desde allí, mi hijo y yo vimos los fuegos artificiales de la última feria de agosto. Allí quedamos para ver la lluvia de meteoros, nos quedamos dormidos, nos dimos plantón.


            También hice las puertas, de duelas, con clavos negros y manivelas envejecidas. Trabajo perdido, casi nunca se cerraron, cortaban el paso de las risas y de los rebufos de un cuerpo enano que corría de una habitación a otra.


            Pero me equivoqué en una, en la puerta de entrada. La compré hecha, no es blindada ni tiene cerradura de seguridad, tampoco tiene juntas de goma ni bisagras antipalanca, es una puerta barata, común, simple. Quizá por eso, al igual que un mal perro guardián, dejó que robaran la felicidad. O bien se escapó disuelta en la calefacción que se escapaba por entre las malas juntas. Sea como fuere, las habitaciones se cerraron, las persianas taparon los colores locos del atardecer. El aire permanece quieto y en la cocina ya no se desayuna. Ya nadie se tumba sobre las colchas de césped.


            En esta casa no existe igualdad entre las estaciones, el invierno es perpetuo, solo se rompe por una primavera de un día en fines de semana alternos, suele ser siempre en viernes. El sábado es verano, modorra mañanera, y todo el día de vacaciones. En ese corto espacio de tiempo se vuelven a oír risas y se derrite la mantequilla en pan horneado de buena mañana. El domingo amanece como un otoño ocre, gris, con olor a despedida, al caer la noche, el manto mortal del crudo invierno vuelve a acallar los latidos.


            No he cambiado la puerta de entrada, y se han ido las primaveras de dos días. Con tan poca luz, la casa se convierte en un laberinto, donde nada tiene sentido, donde cada puerta lleva a cuatro paredes, vacías. En algunos testeros se ven olvidadas alcayatas, deprimentes testigos de un pasado mejor, idílico. En los rincones se acumula el polvo cobarde, restos cadavéricos de las ilusiones. Los techos están nublados con pertinaces nimbos, que granizan sobre la esperanza, y escarchan los flecos del alma.


            Y ante esa puerta, que resiste el paso del tiempo, con mi machacado corazón, con los ojos ahogados, con las manos cargadas de pañuelos de despedida y vestido de forzado penitente con las muñecas ahorcadas, tiemblo de miedo por que temo que al otro lado, me esté esperando la segunda de las muertes, la definitiva, la indiscutible, el olvido.


 

miércoles 26 de marzo de 2008

De Naturaleza ... Desobediente



No puedo explicarlo, soy así y punto. No encuentro ningún placer en ser desobediente. Tampoco me ha reportado más que disgustos. Ya desde niño, esta naturaleza mía solo sirvió para que me quitaran el polvo, tanto de mi cabeza como de mi trasero, a base de tortazos. Pareciera que con los golpes, igual que si hubieran utilizado un martillo, en lugar de quitarme esa manía, la hubieran remachado en lo más profundo de mi carácter como si de un clavo se tratara.


            — ¡No te enamores de mí! — me lo dijo clarito, estábamos solos y no pasaba ningún coche por la calle que amortiguara su voz. Lo entendí a la primera. Estábamos en ese momento negociando como serían nuestros encuentros sexuales, ella me ponía cachondo, y yo a ella también. Siendo así, ya que éramos adultos ¿Por qué no íbamos a disfrutar de nuestros cuerpos? ¡Claro! Es cierto que ella era la mujer de mi mejor amigo, y que eso no estaba bien, sería como una traición. Por eso, porque no éramos tan desalmados, era por lo que yo me escudé en el poder de la testosterona y ella puso esa condición que la eximía de toda culpa.


            — ¡No te enamores de mí!


 Por muy duro que fuera el sexo de allí en adelante, al no haber sentimientos por medio, todo quedaría como un simple roce de piel con piel, como un intercambio de fluidos. Algo así como los empujones que podemos dar y recibir en un ascensor lleno de gente o en el metro en hora punta. No hay delito en eso, nadie puede negarlo.


Ella no sabía que yo era de naturaleza desobediente. Nunca se lo dije. Y yo, por supuesto, me enamoré.


Me dejé llevar por la corriente, por el torrente de sensaciones, por el tsunami…de los huevos. La arrastré a ella, claro, y también se enamoró. Durante un tiempo disfrutamos como niños de besos en las esquinas, de versos estúpidos y llamadas idiotas para no decir nada… incluso le pusimos al sexo lacitos de colores. Iluminamos los encuentros con velas y hablábamos en las cenas, bebiendo vino en copas de cristal.


En vista de que la primera premisa había quedado obsoleta, por mi naturaleza desobediente, ella, un poco mandona, estableció un nuevo límite.


—No me pidas más. No voy a dejar a mi marido. Tú eres el amante perfecto y él el compañero ideal.


Yo, que soy así, rebelde, insumiso, empecé a pedir, a suplicar, a exigir, a mendigar, a rogar, implorar, llorar, a demandar más tiempo, más sexo, más atención, más, más, más…


No me lo dio, trató de hacerme ver que lo que teníamos era fantástico. Me juró que me quería. Me prometió que siempre disfrutaríamos de esa relación perfecta. Que nunca me abandonaría. Que me seguiría al fin del mundo. Yo, no es que no la creyera, es que parece que me gusta llevar la contraria. Tal vez por eso abrí la puerta con furia y dejé espacio para que saliera, no fue una invitación lo que salió por mi boca.


            — ¡Fuera! ¡Vete!


            Mis ojos se deslizaron por el suelo en dirección a la calle, como marcándole el camino de baldosas amarillas. Ella salió después de susurrar mi nombre intentando llamar mi atención. Yo apreté los labios y el pomo de la puerta, inamovible, sordo. Justo antes de llegar a la esquina se volvió, me anticipé a su gesto y rehuí sus ojos. Un portazo retumbó por mi enorme casa vacía, recorrió los pasillos, se giró en los rincones y haciendo eco en las cacerolas que se secaban en el fregadero, regresó a mí para agrietarme el corazón y gritarme, entre alarmado y burlón, que me había quedado terriblemente solo.


            Si corría un poco podría alcanzarla antes de que saliera a la calle. Después de haber pedido tanto, no resultaría muy difícil pedir perdón. Después de haberla echado de esa forma, de haber sentido su sufrimiento, su dolor, nada me apetecía más que estrecharla entre mis brazos, y que ella, con los suyos, mantuviera unidos los trozos de mi roto corazón hasta que sanara.


Salí a la calle y me fui a la barra del bar, a emborracharme. Es que soy de naturaleza desobediente, y cuando vi  los pedazos sangrantes de mi alma escapándose por entre mis torpes dedos, tiñéndolos de un rojo alarmante, cuando vi que mi vida se caía desplomada al suelo como un cuerpo sin esqueleto, recordé aquellos consejos médicos que decían, que no se debía poner alcohol en las heridas abiertas.


miércoles 12 de marzo de 2008

Ande yo caliente y ...



 

Hoy la lluvia me ha sorprendido cuando volvía del trabajo, y me ha mojado. Sería más cierto decir que me he dejado mojar. Recordé aquel otro día en que también llovió y he vuelto caminado tranquilamente mientras las gotas empapaban mis ropas y llenaban mis zapatos hasta lograr que marcaran el ritmo de mis pasos con un ahogado choff choff. Me ha resultado grato recordar todo aquello, aunque puede que no sea aconsejable para mi corazón un ataque de añoranza de ese calibre.


            Aquel fue el primer día que me afeité. Lo hice a hurtadillas, pasando el cerrojo del baño, consideraba que afeitarme era la muestra visible de todos los cambios que mi cuerpo estaba sufriendo, y lo mismo que escondía pudoroso el vello en las axilas o en el pubis, oculté mis planes entre avergonzado y temeroso de las burlas de mi hermano. Solo tenía un marcado bozo y algunos pelos impacientes y desgarbados, alejados los unos de los otros, perdidos en mi cara. La cuchilla se deslizó suave, pensé que no cortaba, pero cuando a su paso limpiaba de mi rostro la espuma, pude advertir que los pelos desaparecían dejando mi piel como el culo de un niño, por entonces no había tanta diferencia aún. La loción picaba, más de lo que podía imaginar. Dudé si ponerme un poco de la colonia de mi padre, al fin, abandoné la idea, pues sabía que podría ocultar a los ojos de mi madre y mi hermano el rostro afeitado, pero no sería posible si paseaba ante sus narices un reclamo de esa índole.


            Aquel día fue el de mi primera cita. La tarde, gris por la gruesa capa de amenazadoras nubes, me azotaba la cara, helándola, con una brisa inconstante, caprichosa, mientras caminaba al punto del parque donde había quedado con Elena. Mi estómago se asemejaba a un agujero negro, profundo, grande, vacío. Ataques de pánico fugaces me asaltaban preguntándome si sabría comportarme, si cumpliría las expectativas de ella. En el colegio la relación era fluida y teníamos tema de conversación inagotable con las anécdotas de la clase, con los profesores y nuestros amigos. Pero estábamos fuera, iríamos al cine y yo no sabía de qué hablar. Me calmaba el hecho de que no podríamos hacerlo allí, y luego, tal vez podíamos hacerlo… de la película.


            Aquel día le cogí la mano por primera vez, no como la consecuencia de un juego, ni para ayudarla. Le cogí la mano para que me viera. Me ayudé de la oscuridad del cine, e indecisa, mi mano buscó la suya. Luego, esa misma oscuridad ocultó nuestras mejillas ruborosas, no pudo hacerlo con nuestros tímidos ojos chispeantes de alegría.


            Más tarde, nos comimos unas hamburguesas en una mesa, lejos de los amplios ventanales del local, y seguimos hablando del colegio, de los profesores y de nuestros amigos. Creo que ella tampoco prestó mucha atención a la película.


            Caminamos despacio hasta un cruce dos calles antes de llegar a su casa. Era lo acordado.


— Lo he pasado muy bien.


            — ¡Y yo! — rápido, impaciente, como si la tardanza en responder significara lo contrario.


            Fue entonces cuando empezó a caer la lluvia, de a poquito, incentivando la despedida.


            — Podemos repetirlo, si quieres… mañana puedes…


— Recogerte en la academia a las seis. — Terminé la frase.


            Ella me regaló una amplia sonrisa, y con un rápido gesto me besó en la boca. Se giró y corrió hacia su casa. El agua ya caía con fuerza pero yo seguía de pie, aguantando, estoico, disfrutando del dulce sabor de la despedida mientras la observaba alejarse.


            Alguien pasó a mi lado y me riñó.


            — ¡Niño! ¡Que te estás mojando!


 


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            — ¿Pero dónde te has metido? ¡Si vienes empapado! — Me recibió mi madre.


            — Mamá, ¿seguro que Pedro no es adoptado? ¡Es tonto! Mira como se ríe. — Se burló mi hermano.


            Aquel día fue el primero que mi hermano no me molestó con sus chanzas, lo miré y me compadecí de su triste vida.


            — ¡Venga! Sube al baño, te quitas esa ropa y te secas ¡Que te vas a morir de frío!— Me ordenó mi madre mientras me empujaba hacia las escaleras.


            ¿Frío? Pensé mientras subía, como flotando. ¡Imposible! Cierto es que estaba tiritando, pero el cálido roce de sus labios, aún ardía en los míos.


jueves 6 de marzo de 2008

La Alcantarilla.


(A veces encuentro placer en escribir por escribir, no tengo historia, va fluyendo. Ésta es la primera entrega de algo que empezó por ver una alcantarilla destapada)


 


Cada mañana, cuando salía a su paseo cotidiano, se esforzaba en encontrar algo que distinguiera ese día del día anterior. Pocas veces descubría grandes cambios, y cuando lo hacía, por mucho que se esforzara en grabarlo nítido en su memoria, ésta, con las baterías descargadas por los más de setenta años de uso, perdía los detalles en los rincones o en los fondos sin fondo de los viejos cajones.


            El Sol ya estaba alto, serían cerca de las once, o eso dedujo por la sombra del pararrayos del Ayuntamiento que estaba rozando el filo de la acera. Había perdido la costumbre de mirar el reloj antes de salir de casa, le costó trabajo, tanto como aprender, en las semanas siguientes a su jubilación, caminar libre de la esclavitud del reloj de pulsera. Pero lo consiguió, y se acostumbró a vivir con la lentitud y la despreocupación del que confía en su cuerpo para que le dicte sus necesidades. “¿Tengo hambre? ¡Pues como! ¿Tengo sed? ¡Pues bebo! ¿Tengo sueño?...” Y ahí empezaban los problemas. Como mucho, justo después de comer, con el calor de la tarde, o por las noches con la tele, a la que cada vez le encontraba menos aliciente, le invadía un sopor, una modorra que se quedaba sólo como promesa de una siesta o una noche ininterrumpida de sueño. 


            Cuando su esposa vivía, ya en los últimos años, sufriendo los dos del mismo mal, del insomnio, encontraron el uno en el otro remedio para soportar las noches en blanco. Y vieron pasar muchas horas de madrugada jugando a las cartas y apostando garbanzos, los mismos que se comían cocinados días más tarde. También hablaban, siempre de hacía mucho tiempo, como si estuvieran contando cuentos infantiles. Y alguna que otra noche, ella ponía los pies en su regazo, cuando no su cabeza, y mientras hablaban lánguidamente de sus hijos, tan lejos, de sus nietos, tan desconocidos, él le acariciaba los pies o hacía rizos con su cabello ralo hasta que la conversación se acababa. Luego, gastaban las horas en la suave contemplación del murmullo de la respiración del otro.


            Pero ahora, las noches le encerraban con sus muros de oscuridad, le aislaban del resto del mundo, y le atormentaban con tenebrosos crujidos de muebles, que sonaban como auténticas promesas de aterradoras apariciones en su trasnochada soledad. Alguna vez, fruto de elucubraciones estúpidas de su mente desocupada, pensó que era objeto de un estudio por parte de los Dioses caprichosos, que al igual que a un ratón de laboratorio atrapado en el laberinto que era su piso, le observaban encerrado y solo durante las horas interminables de una madrugada vacía. Hubo noches que lloró, hubo noches que tuvo miedo a lo que podía aparecer detrás de las sombras, pero logró reunir el valor suficiente para esperar, a veces más a veces menos, al Sol, que siempre fue lo único que acababa corriendo las oscuras cortinas de los temores. Y esa mañana, ese mismo Sol parecía tener el ímpetu de una estrella joven, pues pintaba las calles, las casas, el cielo y hasta el aire con alegres colores veraniegos.


Él, sin destino, caminaba con una parsimonia que contrastaba con las prisas del resto del mundo. Usaba sombrero de paja y un bastón que utilizaba no como apoyo, si no como una muleta cuya finalidad no era otra que la de mantener ocupada al menos una mano. Odiaba tener las dos manos libres, nunca sabía qué hacer con ellas. Metidas en los bolsillos, le parecía que daban un aire indolente y despreocupado que no le gustaba. Si se sujetaban la una a la otra, inutilizadas mutuamente, al poco rato le sudaban y empezaban a dolerle los hombros por el peso muerto. Los brazos cruzados ¡nunca! así eran una muralla que le impedía el contacto con los demás, y ya tenía bastante aislamiento durante la noche. Pero con el bastón todo cambiaba, una mano siempre estaba atareada y la otra podía ocuparse de saludar, rascarse, señalar y a veces descansar inocente en el bolsillo. También en alguna ocasión pensó que el bastón le daba cierto aire interesante y soñaba despierto con los murmullos de admiración que levantaba en algunas mujeres. Al fin y al cabo seguía siendo un hombre, aunque su cuerpo lo olvidara por días, por lo visto, su cuerpo también tenía mala memoria.