domingo, 21 de julio de 2019

La luna siempre sangra por su lado oscuro (pequeña reseña)



Decía aquel estupendo escritor (yo) que a él le gustaba escribir sobre la gente normal porque, según se mire, siempre es extraordinaria.  La novela La luna siempre sangra por su lado oscuro está llena de gente así. Gente normal, sí, normal, pero…
Me atrajo el título. No supe ver la acertadísima elección del mismo aunque fuera eso lo que me incitó a comprarla ya que no tenía ninguna referencia sobre el autor, ni buena ni mala, sino todo lo contrario (que decían los de Gomaespuma), hasta que me introduje de lleno en la historia. La luna siempre nos oculta una cara, igual que nosotros, que mostramos una cara y ocultamos otra por las razones que sean, por temor al rechazo, por nuestro propio rechazo, por miedo al castigo…
Cuesta un poquito entrar en la historia, pero tal vez deba decir primero que no sé si eso es un problema mío pues me pasa muy a menudo. El autor, Ángel López del Castillo, hace una presentación con capítulos muy cortos en los que vamos saltando de un personaje a otro y, por si eso no fuera poco, brincando, además, en el tiempo. No se encuentran las conexiones de los personajes hasta un poquito avanzada la novela. Quizá con esa pequeña trampa que estorba el entendimiento, consigue mantener la intriga y la atención necesaria cuando, poquito a poco, vamos descubriendo cada uno de los interrogantes que se nos plantean: ¿Y qué tiene esta que ver aquí? ¿Y a este quién le ha mandado llamar? ¿Pero qué pinta este tipo en esta historia? Esta parte la sentí un poquito tediosa. Puede que un lector con menos paciencia no hubiera esperado a que terminara ese juego de la presentación. El caso es que…
Con un mínimo de paciencia te has enganchado, te resulta imposible despegarte y permanecer voluntariamente en la ignorancia de todas esas preguntas que te planteas. Sigues leyendo pues y a cada respuesta que encuentras, tienes un par de dudas más que solucionar. Tiene la novela un nudo perfectamente tejido donde permanece en equilibrio la necesidad de saber con lo que se te descubre y justo al final, cuando ya pensabas que, por las pocas páginas que te quedan por leer, que o bien tienes un libro amputado o el autor te va a dar un final de esos abiertos que tanto odias, entonces va y te da la solución, la respuesta definitiva, el cierre perfecto e impensado, pero lógico, el final más lógico, el más creíble. No tiene ese cierre forzado que tanto le recrimino a Stephen King.
No enseña Ángel a sus personajes alumbrados también desde el otro lado, el oscuro. Así los vemos desde todos los ángulos. Nadie es bueno al cien por cien, nadie es malomalomuymalo, en lo que sí concuerdan casi todos es en su soledad. Tal vez porque desde ese lado oscuro desde el que todos sangramos, desde ahí solo cabe la soledad. Se me plantean muchas preguntas con respecto a eso de ser monedas con dos caras, una sonriente y la otra, la otra llena de sangre, de daño, de dolor. ¿Por qué lo hacemos? ¿No es el primer rechazo a ese lado oculto nuestro propio rechazo? ¿Ocultamos las cosas por los demás o por nosotros? ¿Qué tipo de sociedad tendríamos de enseñar nuestras miserias con la misma confianza que enseñamos nuestro lado amable?
Pero eso son problemas de este lector.
Es La luna siempre sangra por su lado oscuro una novela cuya lectura recomiendo y de la que no puedo desvelar más porque merece la pena ir descubriendo todo según nos lo plantea el autor, y a Ángel López del Castillo como un autor que hay que tener en cuenta para seguir sus próximos trabajos.

Pedro Conde.

jueves, 14 de julio de 2016

La última vez

Me sucedió después de muerto que un día vino a verme la misma diosa Afrodita. Aunque ya en esa etapa de mi existencia estaba lejos de las pasiones terrenales, tras los años en los que me abandoné a ellas, habían quedado estas tan profundamente grabadas en mi carácter que volvieron a tomar las riendas y me quedé colgado de sus ojos, de su boca, de sus pechos y… de todo su cuerpo.
—Maestro —me acarició con su voz—, en breve se celebrará una cumbre de alto nivel entre todas la divinidades. —Tras las palabras, su aliento se convertía en brisa fresca—. Se busca el consenso entre las religiones para tratar de salvar al ser humano. —Su pelo olía a noches de jazmín —. Y necesitamos, como moderador, a alguien ecuánime, justo, inteligente… por eso hemos pensado en ti. — Yo me afanaba por emborracharme con el olor de su cuerpo que subía y se escapaba por entre el desfiladero de sus pechos —. ¿Aceptas ese honor? —Razón por la cual no había entendido nada de lo que me dijo, pero la respuesta ante semejante belleza no podía ser otra ni darse de otra forma. Tragué saliva y con voz titubeante, respondí:
— Cla… claro que acepto.
Y llegó el día fijado. Desde lo alto del estrado vi en todo su esplendor el caos que se me había anunciado ya en la entrada del edificio, donde a pleno grito Hades insultaba al guardia de la entrada por no dejar entrar a su perro de dos cabezas.
—Las reglas son claras, no se permite la entrada de animales —decía el portero mientras el dios, rojo por la ira como fuego del infierno, utilizaba este argumento:
—¡Pero he visto que acaba de entrar Anubis, y ese no es menos perro que el mío!
Un poco más adelante, en los amplios pasillos que hacían de antesala, Yahvé, con una paloma en el hombro, que me recordó a un desteñido pirata de los de pata de palo y loro hablador, charlaba con Tara, la diosa de la Fertilidad y logré escuchar parte de su conversación —Sí, los hijos son la alegría del hogar, pero también te dan muchos disgustos, el mío no ha venido hoy, está castigado, ni te imaginas lo último que ha hecho…
Odín, con restos de mermelada en el pecho y la nariz como pimiento morrón, fruto seguro de los excesos de su eterno banquete, algo achispado, beodo más bien, gritaba a Satanás para que le imitara y se quitara el casco con cuernos en signo de buena educación; el otro no lograba convencerlo con su explicación de que las suyas, las astas, eran naturales y no mera ortopedia.
Apolo mandaba besos a un montón de enloquecidas musas que le reclamaban con escandalosos gritos de histeria. Manitú arrancaba plumas del cuerpo de Quetzalcoatl, la Serpiente Emplumada, para ampliar su colorido penacho, mientras ésta, con su lengua bífida, intercambiaba chismes con Hera, la esposa de Zeus, cuyo díscolo marido, vestido con una túnica azul eléctrico, flirteaba con una diosa de ébano y le prometía una visita para cuando acabara el acontecimiento. Algunos de los guerreros de Manitú, El Gran Espíritu, en un pasillo lateral del patio de butacas, practicaban el tiro con arco junto a Diana, mientras bebían sin moderación anís El Mono.
Anubis, después de olisquear algunas braguetas se hizo pis en las butacas que rodeaban la suya marcando así su territorio. Vulcano estaba solo, todos le saludaban con un suave gesto de la cabeza y eludían su compañía, por lo visto había venido directamente desde la fragua sin pasar por la ducha. Shiva, lisonjero, hablaba con grandes aspavientos de dos de sus manos, con las otras robaba carteras y disimulaba la acción con caricias agasajadoras. Baco estaba borracho y no se molestaba en ocultarlo, vomitó varias veces y sobre varios invitados. Y todos…todos vociferaban y gritaban.
Yo también gritaba desde el estrado tratando de poner un poquito de orden, pero nadie parecía oírme aunque estuviera a punto de romperme las manos al golpear con fuerza la madera del atril. Bajé con enfado y sin pedir permiso cogí el martillo de Thor, el dios del Trueno, lo dejé caer con fuerza sobre la mesa, con una rabia que no me dejó ver la naturaleza mágica de esa herramienta. El rayo fue grandioso, el estruendo ensordecedor, absolutamente todos se giraron para ver, al disiparse el humo, que mi ropa estaba chamuscada y mi pelo erizado, que el estrado se había partido en dos y sus bordes eran ascuas vivas. Encontré muchos ojos acusadores por lo que, con tono de disculpa, traté de sonar natural.
—Ya saben sus divinidades que soy carpintero, yo lo arreglaré.
En medio del silencio bajé de nuevo las escaleras y le devolví a Thor lo que era suyo. Luego, creyendo firmemente en su significado, como todas las veces que me lo repetí en vida y nunca cumplí, de entre mis dientes apretados y creyendo que era solo para mí, salió de nuevo esta frase:
—(Es la última vez que me dejo embaucar por una cara bonita).

El silencio empezaba poco a poco su transformación en murmullo, pero aún así, se oía clara la risita incrédula de Buda que, desde el centro del patio de butacas, donde ocupaba tres de ellas, me señalaba con su prominente e impúdico ombligo de embarazada salida de cuentas. 

jueves, 7 de abril de 2016

En Queens




Se inclinó un poco sobre la mesa para servirme el café. El escote del uniforme rosa y blanco me enganchó los ojos e imaginé caerme por aquel desfiladero.
—¿Señor? —Creo que me llamó varias veces. La vuelta de mi ensoñación hubiera sido traumática de no haberme encontrado con aquella boca que era una grieta de lujuria— Le preguntaba que si quiere comer algo. ¿Bacon, huevos, salchichas…?
—No, no, gracias —volví al escote, a seguir soñando—, bastará con un par de bollos.
Se alejó serpenteando la silueta, mostrándome el trasero coronado por el lazo del delantal que lo adornaba como a un regalo apetitoso.
Me hice adicto al café, al que ella me servía.
—¿Trabajas cerca? —me preguntó semanas más tarde, cuando la costumbre nos había dado cierta familiaridad
—Sí —le mentí—, a un par de manzanas. —No podía decirle que de tanto caminar para verla me estaban saliendo callos en los pies—. Pero hubiera venido desde el mismo centro de Nueva York para desayunar contigo. —Así disfracé la verdad con una galantería y gané una sonrisa que era solo para mí.
Aquel día nos encontramos en direcciones opuestas caminando por el pasillo que al final de la barra llevaba a los baños. Era estrecho, no llegaba al metro de ancho. Ella llevaba en las manos la cafetera y un plato con un sándwich. A cada intento de apartarnos para ceder el paso, el otro, a destiempo, se le ponía delante. Nos reímos. Cogí su cintura y me abrasé en el fuego que subía por mis brazos desde su talle. Giramos lentamente, como si bailáramos. Se pararon los relojes y también mi corazón; temiendo por ello una muerte cercana, decidí tomar el desayuno que siempre quise. Acerqué su cuerpo al mío y, desnudándome en su olor, la besé.

martes, 22 de marzo de 2016

La noche




Criaturas oscuras pueblan la noche. Se esconden de nuestros ojos con regates ágiles, quiebros y fintas que apenas dejan en nuestra retina manchas que se pierden con ligereza. Nadie sabe cómo son, pues esperan hasta que la campana del reloj suene una docena de veces para moverse con libertad en el aire negro de la medianoche. No estés solo nunca a esas horas ni camines por calles solitarias; ellas las aprovechan para hablarte sus conjeturas dañosas en runrunes que suenan como tu conciencia o, para atormentarte, devuelven el eco de tus pasos como los de una amenaza que te persigue. Búscate compañía y abrázate a ella, no te podrán originar más daño entonces que hacerte confundir tu miedo a la soledad con el amor. Busca en el calor del otro cuerpo el abrigo y espera al amanecer a reírte de tus temores, cuando el sol disuelva a las criaturas igual que se desvanece la espesura del café en la leche del desayuno, y los perros ladren su desaparición como una victoria propia.

sábado, 13 de febrero de 2016

Ava Gardner (ejercicio taller ámbito cultural)







La cansina charla de Santiago, con tintes indefinidos que iban desde lo aburrido a lo hipnótico, les fue sumiendo en una modorra densa en la que flotaban palabras sueltas. Algunas cabezas vencían por momentos la tiranía de los cuellos y los doblegaban en efímeros triunfos de un segundo de gloria. 
Fue el sonido del descorche, la risa liviana y el champán derramándose en la copa lo que los despertó a todos. A un lado de la sala, apoyada sobre la pared con cierta indolencia y bebiendo de la copa como si la besara desde la distancia, Ava Gardner les miraba sin fijar los ojos en ninguno en concreto. Ellos, los que habían tomado el lugar del orador canario, también la contemplaban, aunque boquiabiertos.
Cortázar estaba seguro de que las ninfas tenían esa forma, y hasta creyó ver que algún duende asomaba por entre sus senos. Las burbujas del champán le sonaron iguales que el gorjeo del agua avanzando por regatos escondidos y se deslizó, en su mente, por los linderos redondos de sus caderas hasta la fuente de prometedor gozo que se adivinaba en medio de sus muslos.
Kafka se hizo más pequeño, se encogió y, como quien cierra un acordeón, su cuello desapareció hasta que la cabeza quedó apoyada en los hombros. Bajó los ojos y los deslizó suavemente por el suelo hasta la punta de sus zapatos. En todo el trayecto sufrió por el temor de que la mirada tropezara con algo y el ruido atrajera sobre él, pequeño y feo, la atención de semejante mujer. Le hubiera gustado convertirse en ratón y desaparecer por cualquier hueco; o en insecto, y salir de allí volando sin que nadie se percatara de ello.
Ava seguía en su actitud. Era consciente de lo que su presencia causaba en los hombres y, al igual que los dioses se alimentan de la veneración de los fieles, nutría su vanidad recibiendo la muda pleitesía de todos los presentes.
Chéjov, temeroso de que sus deseos le exudaran por la piel y quedaran expuestos a la concurrencia, se mintió diciendo que la forma en que agarraba la botella aquella mujer denotaba una cierta reincidencia en el vicio de la bebida, y que le vendría bien hacerse un reconocimiento. Él podría, si le acercaban su maletín, explorarla, auscultarle el pecho, y puede que, para no hacerle sufrir con el frío contacto del fonendoscopio, si a ella no le importaba, acercar su oreja y oír los latidos del corazón sin intermediarios técnicos. Estaba claro, aunque sus compañeros menos experimentados en el campo de la medicina no se dieran cuenta, que la mujer mostraba un tono de piel que tiraba hacia el blanco y negro.
En la sala, sobre las cabezas del público, se formaba una nube de murmullos que se inflaba por momentos y en cada apreciación de su tamaño se anunciaba que su destino era estallar como estallan las tormentas. Era una nube de preguntas a media voz, de sorpresas, de golpes con el codo. Una nube de envidias, de codicias, anhelos, sueños… de lujurias. Una nube que fue rota por el chirrido de la silla de Fitzgerald al deslizarse sobre la tarima. Él, tras ajustarse la corbata y la chaqueta, se dirigió con paso decidido hacia la hembra mientras valoraba en esos segundos cómo podría quedar haciendo de mujer fatal, o de reina, en las producciones de Hollywood. Se dijo, convencido, que nunca contempló un animal tan bello en su vida y parándose frente a ella, con esa arrogancia típica de los norteamericanos, tomó con delicadeza lo que deseaba desde que la vio aparecer. Le quitó el champán de las manos y sorprendiéndolos a todos, bebió de la copa como beben los verdaderos cowboys, de un trago brusco, casi grosero.

domingo, 10 de enero de 2016

Veinte dramas de amor y una canción desesperada

Esto solo fue un ejercicio de cambio de narrador y de tiempo verbal. Un estudio de las posibilidades narrativas. Tiene, no obstante, ese aire negro y claustrofóbico que motivó la creación de este blog. No sé con cuál quedarme. Aunque elegiría, sin duda, el que solo fuera ficción.


Veinte dramas de amor y una canción desesperada
(primera persona, tiempo futuro)

Te mirarás las manos. Estarán cubiertas de sangre. Y espantado de esa marea roja llorarás. Soltarás el cuchillo, como si solo él poseyera la conciencia asesina que lo causó todo, y retrocederás dos pasos buscando la perspectiva necesaria para entender lo que pasa. Fueron mis palabras, las que te dije antes de dar ese grito que trataba de espantar la desgracia, las causantes de la fatalidad. Que ya no te quiero dije, que puede que nunca lo hiciera. Confundí el amor con la dependencia; tú, con la posesión. Buscarás entonces, asustado ante la sangre escandalosa que sigue fluyendo, el perdón en mi abrazo. Te arrepentirás de haberlo hecho, te arrodillarás y suplicarás para que te perdone. No querías que esto pasara. Pondrás mi cabeza en tu regazo y encontrarás la poesía que guardan las cosas únicas, especiales: tú, yo; será la muerte el broche de nuestra historia. Apartarás el pelo de mi cara y reconoceré en ese gesto las promesas de felicidad que me hiciste hace tanto tiempo. Sí te quise, cuando no te conocía. Taparás la herida con tu mano en un intento de retener el torrente en el que me escapo de ti. Me duele cuando me tocas. Siempre me duele cuando me tocas. No te pude querer, nunca fuiste más que una promesa. Ni siquiera entonces lo tendré claro: no tiene el amor los bordes definidos. La muerte no explicará nada, solo me consuela el que me liberará de la esclavitud. Repetirás mi nombre como un niño perdido que llama a su madre. Cuando te deje podré volver a quererte, por un momento: eres tan frágil. Pero truncarás mis esperanzas de descanso cuando cojas otra vez el cuchillo y te cortes las venas para seguirme en ese viaje sin regreso. Yo gritaré que nunca te querré y cerraré los ojos en un intento de perderme, de camuflar mi rastro en la noche fría de la muerte. Tú te mirarás las manos. Estarán ahora manchadas con nuestra sangre. Verás en esa mezcla nuestro destino. Juntos para siempre. Sonreirás; y yo lloraré en ese bucle tortuoso que es la vida y que no acaba en la muerte. Descubriré que tampoco la verdad libera. Deberé callar y buscar otro momento para escaparme. Seguiré mintiendo. Te diré que te quiero, que no puedo vivir sin ti, que solo la muerte podrá separarnos.
Mentiras, solo hay mentiras.






Veinte dramas de amor y una canción desesperada
(narrador omnisciente, tiempo pasado)

Se miró las manos. Estaban cubiertas de sangre. Y espantado de esa marea roja lloró. Soltó el cuchillo, como si solo él poseyera la conciencia asesina que lo causó todo, y retrocedió dos pasos buscando la perspectiva necesaria para entender lo que pasaba. Fueron las palabras, las que le dijo ella antes de dar ese grito que trataba de espantar la desgracia, las causantes de la fatalidad. Que ya no le quería dijo, que puede que nunca lo hiciera. Confundió el amor con la dependencia; él, con la posesión. Buscó, asustado ante la sangre escandalosa que sigue fluyendo, el perdón en su abrazo. Se arrepintió de haberlo hecho, se arrodilló y suplicó para que ella le perdonara. No quería que eso pasara. Puso la cabeza en su regazo y, acariciándola, encontró la poesía que guardan las cosas únicas, especiales. Él, ella; será la muerte el broche de su historia. Le apartó el pelo de la cara y ella reconoció en ese gesto las promesas de felicidad que le hizo él hacía tanto tiempo. Sí le quiso, pensó, cuando no le conocía. Él tapó la herida con su mano en un intento de retener el torrente en el que ella se escapaba. A ella le dolió su contacto. Siempre le dolía cuando la tocaba. No pudo quererlo, siguió pensando, nunca fue más que una promesa. Ni siquiera entonces lo tuvo claro: no tiene el amor sus bordes definidos. La muerte no explicaba nada, solo le consolaba el que la liberaría de la esclavitud. Repitió él su nombre como un niño perdido que llama a su madre. Ahora que le dejaba podía ella volver a quererlo, por un momento: era tan frágil. Pero él truncó sus esperanzas de descanso cuando cogió otra vez el cuchillo y se cortó las venas para seguirla en ese viaje sin regreso. Ella gritó que nunca podría quererlo y cerró los ojos en un intento de perderse, de camuflar su rastro en la noche fría de la muerte. Él se miró las manos. Estaban ahora manchadas con la sangre de los dos. Vio en esa mezcla su destino: juntos para siempre. Sonrió; ella lloró en ese bucle tortuoso que es la vida y que no acaba en la muerte. Descubrió que tampoco la verdad libera. Debió callarse y buscar otro momento para escapar. Debió de seguir mintiendo. Haberle dicho que lo quería, que no podía vivir sin él, que solo la muerte podría separarlos.
Mentiras, debió seguir viviendo entre mentiras.



sábado, 9 de enero de 2016

Retrato de soledad

Roberto llegó al cuartel en el otoño del 84, en medio de otro grupo a los que yo instruía en aquella época. El corte de pelo reglamentario y el tosco uniforme verde trivializaron las diferencias que tenía con el resto de reclutas. Venía de un pueblo de Toledo, dijo, del que nunca hasta entonces había salido; trabajaba de mecánico y tenía novia, en eso resumía su historia.
Colgó en la parte interior de su taquilla el retrato de una joven vestida de domingo. Tenía la chica melena negra y una sonrisa forzada: no conseguía esconder tras ella la profecía de una separación larga. Él la miraba cada vez que abría el armarito metálico, con añoranza, y a veces, cuando las tareas dejaban espacios muertos, me di cuenta de que lo abría solo para mirarla.
—Se llama Laura —dijo el día que me descubrió observándolo. Pasó sus dedos por el papel con una caricia de reconocimiento y acabó la presentación al quedarse perdido en los recuerdos que le inspiraba, o en los deseos que lo poseían.
Los reclutas, a los que el recelo a aquel destierro transitorio que suponía el servicio militar igualaba en una suerte de bestias de corral, encontraban consuelo en la hermandad. Gritaban siempre como si con ello espantaran los fantasmas del desarraigo y, con una frecuencia milimétrica y persistente, afianzaban su identidad exhibiendo el orgullo por la tierra de la que venían. Roberto, sin dejar de ser miembro de aquel grupo de jóvenes ruidosos y fanfarrones, mostraba con ellos unas diferencias claras. Pensé que si no gritaba para hacerse notar, como lo hacía el resto, era por timidez. Pero concluí que la integración en el grupo era para él solamente una respuesta inconsciente a la necesidad física de no estar solo. Eran muchos los que colgaban fotos en la puerta de su taquilla. Empapelaban esos espacios con imágenes de hermanos, madres, amigos y novias. Aunque solo Roberto acudía a su altar, a ver la foto, con una reiteración beata, y le hablaba a la imagen impresa en un bisbiseo, como si rezara.
—Estudia para enfermera—dijo otro día que me pilló en lo que parecía ser mi entretenimiento último: mirarlo. Iniciamos en ese momento una charla trivial, de presentación, que se fue alargando por todos los ratos libres que teníamos y también en las noches largas de insomnio. Me habló, con una generosidad que no le hubiera reconocido, de sus cosas, de su gente, y un poco menos de Laura. La mantenía a ella rodeada de un halo de misterio que asemejaba un intento de preservar la intimidad que solo les pertenecía a ellos. Fueron pasando los meses y, como yo buscaba su compañía constantemente, fui testigo de los cientos de besos que le dio al papel y de aquellas caricias a la imagen impresa, que tenían la suavidad del joven que dibuja por primera vez un seno cálido con la yema de los dedos.
El año que duraba aquel servicio se iba agotando. Nacía la impaciencia en Roberto y en mí una especie de desasosiego. Era la misma cuenta atrás diferente cara de una moneda para cada uno de nosotros dos. Mis sonrisas fueron falsas desde que la despedida fue tan cercana que podía robar el aliento y yo buscaba su compañía con la misma avidez que el moribundo atesora el aire. Y el tiempo corrió sin asideros, cuesta abajo. Mi amigo se fue a los brazos de Laura, a dar los besos y las caricias que tanto había ensayado. Yo, en un intento de remedar aquella magia que le vi durante meses, colgué en mi taquilla una foto de Roberto. Le sonreía cada vez que la miraba, en una muda evocación de cualquier recuerdo del tiempo que estuvimos juntos.

Vinieron nuevos reclutas que repitieron las mismas cosas. Volvieron las voces a rebotar en los techos y las fotos a colgar en las taquillas. Y en cada uno de sus gestos yo recordaba a Roberto, aquel que, aunque jamás se integró del todo, nunca estuvo solo. Yo, por más que traté de que no fuera así, nunca dejé de estarlo.