Con dieciséis años andaba yo destrozado por un amor frustrado. Mis padres, si se dieron cuenta, confundieron los síntomas con otro estadio de la adolescencia. Mi abuela, en cambio, supo ver más allá y, acariciándome la cabeza como a un cachorrillo indefenso, me dijo.
—Ya verás que todo pasa. Ahora estás dando un paseo por los infiernos, pero lo superarás.
—Nada volverá a ser como antes —sentencié, grave, con el peso de mi recién adquirida madurez.
—Y no lo será, cariño. Todo dolor deja una pequeña cicatriz… y también una enseñanza—suspiró y siguió hablando—. En mi pueblo, hace muchos años, los pájaros empezaron a volar bajo un día. Primero, los patos, volando en punta de flecha, tuvieron que deshacer la formación al pasar junto al pararrayos del Ayuntamiento. Más tarde fueron las cigüeñas que no pudieron alcanzar sus nidos en el campanario y anidaron en los espartales. Las golondrinas acabaron haciendo sus alfarerías bajo las ventanas más bajas, entre los geranios. Los gorriones aleteaban como diminutas perdices de acera en acera. Los gallos cantaban la hora del café; los perros aullaban a los remolinos de viento; y lo burros y caballos perdían el compás al caminar por las calles empedradas. Fue obra de una bruja que perdió allí al único hombre que la había amado. Enfermó y ella no consiguió salvarlo con ninguno de sus hechizos. Después de eso caminaba sin rumbo y mascullaba, enredados, penas y conjuros. Un día desapareció y todo volvió a la normalidad, o casi. Ahora las cigüeñas hacen los nidos tejiendo esparto; los patos rodean el pueblo en sus viajes; los gallos beben café para no dormirse y las golondrinas adornan sus nidos, en los aleros, con mariposas a modo de floridas macetas. Tienes razón, cariño —dijo—, ya nada será como antes.


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