viernes 13 de mayo de 2011

T-t-t-tí-tí-tulo

Cuando la conocí nada me llevó a pensar que llegaríamos a complementarnos de tal forma como lo hicimos. En un alarde de romanticismo bucólico diré que nunca, desde entonces, el café me supo bien hasta que ella endulzaba su regusto amargo con un beso. Tampoco existieron noches frías ni inviernos largos.
Yo, por esos designios inescrutables del destino, o por algún trauma escondido en mi infancia, arrastro una particularidad que me hace las veces de una zancadilla perenne. A ella no pareció importarle, y me ayudaba, sin hacerme sentir avergonzado, acabando las frases cuando el final ya era evidente y mi tartajeo hacía inútil la espera.
-P-p-p-podemos ir a-al c-c-ci...
-Cine -acababa ella.
-R-r-ron con c-c-co...
-Cola – decía, y liberaba de esa manera al camarero que esperaba impaciente.
La costumbre pulió nuestro comportamiento al igual que el viento pule las rocas. Así, ella acababa mis frases sin que yo hubiera empezado a imprimir ritmo al comienzo de la última palabra.
Ha sido ahora, después de tantos años, que me viene y dice, despidiéndose y sin escatimar en crueldad, que la vida es corta y que no puede perder tiempo en la alcoba con alguien que hace de los “tequieros” imitaciones baratas de un gallo áfono.
No soy tonto, sé que hay otro. Y ese otro ya no disfruta del café hasta que ella le limpia la boca con un beso; otro que se calienta por las noches con su cuerpo desnudo a punto de inventar la estufa de contacto... y que se pasea por ahí con el final de mis frases.
Ya no tartamudeo, no, sólo me quedo callado a la espera de una conclusión que no llega. Ayúdame, no me dejes desamparado, termina mi frase.
-Tanta pesadumbre me hace sentir...

(300 palabras y una ayuda)