Me lo confesó la noche que cumplía cuatro meses de viuda. Yo no le pregunté nada porque andaba descolocada con su comportamiento. Ese cambio tan brusco del abatimiento, del dolor destilado que entorpecía sus movimientos a la colorida explosión de una primavera tardía me desorientaba. Y su explicación no me sirvió de mucho, por el contrario, amontonó más preguntas sin respuesta a las que ya tenía.
—Se me apareció Mario cuando iba a suicidarme. No lo hagas me dijo. Tienes que vivir por mí. Cumplir todos los planes que hicimos. Tienes que vengarme del destino que truncó mi vida por su incontestable soberbia. Me faltaron mil noches de confidencias y risas. Abrazos que dar y una infinidad de tardes en las que jugar con mis hijos. Vive por mí, amor mío.
Qué decirle cuando veo que aquella locura la rescataba del pozo de pesadumbre en el que se ahogaba tras la muerte de Mario. Callé mis razones y aplaudí la sinrazón.
En pocos días llegó el primero y en menos semanas ya se había ido. Ella me dijo que no pudo dejar de compararlo con su esposo muerto. Pero no se amilanó por el primer fracaso y buscó al segundo. En los corrillos de chismes, donde la inventiva se gastaba en la creación de rumores, se la empezó a llamar la viuda alegre. Y el segundo se fue por una mezcla de razones que más que frenarla en su idea, la fustigaron por alcanzar aquella meta impuesta. El tercero vino arrastrado por una promesa de sexo fácil, y el cuarto por esa misma inercia. En los corros de cotilleos se la quemaba en la hoguera encendida para el mantenimiento de las buenas maneras. De viuda alegre a puta, con las vocales escupidas.
Tuvo una vida larga y cuatro hijos, pero sus ojos nunca reflejaron la risa de su boca.
A veces me pregunto si en aquel accidente no fue el muerto su marido, sino ella.


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