—Es una arpía, amigo.
El joven que le decía eso estaba sentado a su lado, en otro taburete y, apoyando los brazos en la barra, jugaba con una botella de cerveza a la que le arrancaba la etiqueta.
—No, no se equivoque —continuó diciéndole—, yo no sé nada, ni siquiera la conozco, pero no me equivoco al decir que son todas iguales. Son como vampiros que te van chupando la sangre poco a poco, sin que te des cuenta, hasta que acaban contigo.
Pasó su mano derecha desde la frente, por lo alto de la cabeza, hasta la nuca. Despejó por unos momentos la melena oscura de su cara macilenta. Los ojos eran lo único que tenía un poco de color; algo parecido a un dorado viejo, quizá por el reflejo de alguna botella de licor.
—Van cambiando, perdiendo la dulzura, y te hacen creer que eres despreciable.
El hombre, con la mirada perdida en su vaso, habló, acompañó el murmullo con un gesto de asentimiento.
—Ajá.
—Se sirven de sus trucos de mujer, que son hechizos en el hombre; y de engaños y chantajes. De juego sucio al fin y al cabo, pues se saben inferiores.
—Sí, así es.
—Y hay que hacérselo saber, dejarles claro quién es el que manda, devolverle al mundo el orden natural, arriba el fuerte y abajo el débil.
Y siguió largo rato con el mismo discurso. Luego, se fue, y al irse, por un momento, se dejaron ver por debajo de los faldones del gabán las puntas de unas alas negras. Y la imagen se perdió como el recuerdo de su presencia. Quedaron las semillas de su trabajo creciendo en aquel corazón exánime, condenado a ser cosecha que alimenta el infierno.


2 comentarios:
Ese ángel negro a veces no es más que una "tradición" equivocada, un discurso débil de quien se cree vulnerable en el fondo...
O no.
Me ha gustado el relato.
El lado oscuro de la mente. El que nos incita a caminar cerca del precipicio, el que nos empuja porque se sirve de nosotros como escudo.
Publicar un comentario en la entrada