viernes 4 de marzo de 2011

Carretera





El niño no dejaba de gimotear. Le había gritado para que callara, pero él, asustado, imprimió más fuerza a su llanto. Por eso no volvió a intentarlo, prefirió  tomar el lloro como un escudo contra la culpa que la acosaba y siguió conduciendo con la vista puesta en la carretera.
Fue la mala suerte… o la fortuna la que hizo que su marido resbalara en el musgo de aquella roca y al caer se abriera la cabeza contra una piedra afilada. La sangre se tornó marrón al mojar la hierba y no volvió a abrir los ojos. La vida se le escapó como un torrente por entre los huesos rotos del cráneo. Eso la ayudó, si la hubiera mirado no habría tenido valor para dejarlo allí. Gritó y lloró hasta romperse la garganta, hasta que descubrió que no había más que miedo en su llanto, quedaban lejos los días en los que sintió  otra cosa por su marido.
Fue tanto una locura como el deseo de venganza el que la hizo desnudar el cadáver y quitarle todo aquello que pudiera identificarle. Arrastró el cuerpo hasta el límite del bosque. Sabía que las alimañas acabarían con él en poco tiempo.
Se aseguró de que nadie la veía y emprendió el camino de regreso mientras imaginaba, entre ratos alternos de euforia y pánico, su nueva vida. No habría más reproches, ni obligaciones, ni secretos… se acabó el miedo. Ya empezaba a notar los efectos de su valentía. Se compraría faldas cortas, blusas con escote y collares que acabaran justo encima de sus senos. Y no tendría que rendir cuentas… pero el niño lloraba y la interrumpía en su ensoñación. Le miró por el espejo y valoró, fría, cuánto tardaría en desaparecer el cadáver de un niño en la selva.