lunes 21 de julio de 2008

La llamada


        A las tres de la madrugada, cuando todo está en silencio y la respiración del sueño se desliza suavemente por el suelo, el timbre del teléfono rompe todo con malsana indiferencia, con saña.

        Luisa, despertada bruscamente, manosea nerviosa y asustada encima de la mesita buscando el auricular, cuando lo coge se lo lleva al oído con una mano y con la otra, se aparta el pelo de la cara.

        —¿Diga?

        Recibe por respuesta silencio, sólo cuando los latidos se su corazón se calman del sobresalto, percibe una respiración al otro lado.

        —¿Diga? ¿Quién es?... ¡No le oigo!

        La voz es gutural, excesivamente ronca, lenta y con cierta sorna le responde:

        —¿Me has estado llamando?—Luisa cuelga rápidamente; no le gustan las bromas, y menos cuando es de noche y está sola. Se ha desvelado. Enciende la luz y suelta un grito al ver esa figura alta detrás de la puerta.

        —¡Mierda, qué tonta soy! — se ríe al comprobar que no es otra cosa que el albornoz y la bata colgadas de la percha. Baja los pies al suelo, buscando las zapatillas y le asalta el recuerdo de la infancia de monstruos bajo la cama que le agarran los tobillos. El grito es aún más fuerte cuando vuelve a sonar el teléfono. Ya no sabe a qué atenerse, qué hacer. Despejando con un gesto negativo de la cabeza los fantasmas, vuelve a descolgar y antes de decir nada, una voz de niño haciendo pucheros le eriza el pelo de la nuca.

        —¡No lo hagas! ¡Esto duele!

        —¡Como sigan llamando, avisaré a la policía! — contestó nerviosa.

        Hacía frío, una ligera brisa entraba por la ventana, se acercó a cerrarla y por un momento confundió su reflejo en el cristal con el de alguien que se dirigía hacia ella con los brazos abiertos. Soltó la hoja y retrocedió en un acto reflejo; chilló al sentir en su espalda una suave caricia… de la cortina. Se maldijo, se llamó estúpida por dejarse engañar por la sugestión, y con la libertad que le da la soledad, lloró aliviando la tensión. Caminó por el pasillo en dirección a la cocina, a mitad de la camino la detuvo el zumbido acuciante y largo del portero automático. Volvieron los temores, y la luz del pasillo no deshacía la amenaza de la oscuridad que empezaba en el umbral de la puerta.

        —¿Si? — dijo sin convicción.

        Le contestó la misma voz infantil.

        —¿Estás llorando por mí? Algo negro me persigue, tengo miedo.

        —¡Déjenme en paz! — el grito se le rompió junto a su garganta en la última vocal.

        Desde el final del pasillo, donde los dormitorios vacíos dormían abandonados, le vino el llanto de un bebe, lejano, como si procediera de otro piso y llegara apagado por las paredes. Seguía haciendo frío, por la espalda sintió como la caricia de una mano helada, la presencia de algo que la observa. Sus ojos permanecían fijos en el final del pasillo, donde el llanto crecía en intensidad. No quiso avanzar, ni retroceder. Tuvo miedo de que apareciera algo frente a ella, tenía miedo de volverse y ver aquello que presentía. Quiso cerrar los ojos para evitarlo pero temió tocarlo con las manos cuando las extendiera para no tropezar con las paredes. Alguien golpeó con los nudillos en la puerta de entrada, en los ecos de los golpes y en rasgar de afiladas uñas le pareció oír una voz grave que preguntaba:

        —¿Me has estado llamando?

        El llanto del niño terminó, y se oyó suplicando la entrecortada voz por los suspiros:

        —¡No lo hagas! ¡Esto duele! ¡Tengo miedo!

        Luisa corrió aterrorizada y se encerró en el baño, era la puerta más cercana. La cerró y puso el seguro, se apoyó en la madera y temió que cediera con su peso. A través de ella oyó como sonaba el timbre del teléfono arrastrándose por el suelo y colándose por las rendijas bajo las puertas. Se lavó la cara queriendo que el agua la despertara de esa pesadilla. Al secarse vio, presa del pánico, un niño que la miraba llorando tras su imagen en el espejo. A su lado una silueta alta y negra le sujetaba por el hombro. El timbre no dejaba de sonar, y gritó, pero nada salía por su boca, sólo pareciera que se le escapaba por entre los labios abiertos, la vida.

        Abrió los ojos y se incorporó de golpe, estaba sudando, por la ventana abierta entraban los primeros rayos de sol. Y encima de la mesita de noche el despertador sonaba como con furia. El sueño aún marcaba los latidos de su corazón, el temblor de sus músculos. Tendió su mano y lo apagó, resbaló sobre el reloj y cogió el Predictor, lo acercó a su pecho y lloró desconsolada por largo rato, luego, decidió no ir al trabajo y dormitó un par de horas. No desayunó ni se vistió en todo el día, y tampoco hizo esa llamada que planeó el día anterior a aquella clínica abortiva.