viernes 27 de junio de 2008

Zapatos


De pié en el pretil de esa terraza, no siente vértigo; al fin y al cabo, toda su vida ha sido una caída libre. Al fondo, en el horizonte, el cielo resplandece suavemente de un naranja, tan sucio, que no sabe distinguir si es el amanecer, o las luces reflejadas en el vaho de la ciudad. El aire, aunque manchado, le refresca los tobillos, los hombros, casi congela la piel allí donde las lágrimas dejan regueros de dolor; y empujando contra su cuerpo el liviano vestido, le ofrece una tentadora promesa de lecho de algodón en el que descansar el sufrimiento.


—Papá — sale de su boca como una palabra mágica que tuviera el poder de la libertad, y evoca aquellos días que parecen soñados de tan lejanos.


“Mi princesa” la llamaba, y la hacía volar como un hada, para refugiarla luego en la torre de sus brazos; su castillo, donde se dormía tranquila y a salvo entre aromas de loción y tabaco. “Mi princesa”, resonaba como un eco.


No llegó a ella con un zapatito de cristal sobre cojín encarnado, aunque el primer beso la despertara a otro mundo. Le trajo promesas de castillos encantados, y cuando, con su sonrisa blanca de príncipe azul, la llamó “Reina”, cambió los brazos protectores por otros de pasión.


Abajo, las luces de coches, de letreros, de insomnes extraños, le recuerdan al árbol de Navidad de su infancia que, desde su apartado rincón, coloreaba toda la sala de estar. A modo de abono, en el suelo, ordenados, se quedaban los zapatos de toda la familia en Nochebuena. Los suyos, pequeños, junto a los de su padre, grandes y olorosos a cuero y betún. A la mañana siguiente dibujaron en el cristal de la ventana con la punta de los dedos, mariposas, y a través del dibujo vieron la nieve que caía, mecida por el viento, pintando todo con su deslumbrante color de luz.


La cambió por la nieve con la que hacía dibujos lineales con una cuchilla, sobre un espejo de cristal; y cayó, como en un remolino sin fondo, sin poder agarrarse a nada.


De niña cabalgaba sobre sus hombros, sobre sus rodillas, sin descanso, dejando por los caminos una letanía de risas que hacían las veces de las hojas muertas del bosque. ¡Arre! Gritaba, y su pierna, como caballo salvaje, daba saltos amenazando con tirarla al suelo, pero siempre, antes de que eso sucediera, aquellas manos grandes la rescataban, y la felicidad salía de su garganta en sonoras carcajadas.


Cambió ese caballo, por otro que pisoteaba sus entrañas sin piedad, cuando le daba rienda suelta quitando la goma que ahogaba su brazo, y corría desde la jeringa, abrasando sus venas.


—Papá — murmuró, y en las lágrimas encontró el reflejo de aquellas que llenaban sus ojos cuando bailó en el festival de fin de curso, con su tutú, con las zapatillas de cinta de raso. “Mi llanto es de orgullo, princesa”, le dijo. Pero fue el orgullo, el de ambos, el que los separó años más tarde. Y en el estrecho pretil, esbozó unos lejanos pasos de baile, con sus pies descalzos.


— Papá — gritó perdida, y en los ecos de la ciudad que se despierta, escuchó un vago: “Mi princesa” al que avanzó buscando su refugio de loción y tabaco, sin darse cuenta que no llevaba puestas sus botas de siete leguas.


sábado 21 de junio de 2008

Shhhhh!


El timbre no funcionaba, así que golpeé con los nudillos sobre las capas de pintura verde que cubrían la puerta. Como tardaban en abrir y me pareció que no había sonado mucho, golpeé más fuerte. Mis nudillos se quejaron al igual que hicieron las bisagras.


—Hola.


—Ssssssssshhhh— me contestó llevando el dedo índice a los labios. Le besé labios y dedo a la vez. Su cintura me huía y entre risas lanzó una mirada autoritaria mientras volvía a chistar.


—¡Sshh!


—¿Qué pasa? ¿Hay alguien durmiendo?— bisbisé. Y a partir de ahí todo fue a media voz.


—No, es mi abuela que está en el salón.


Miré en aquella dirección, pero a través de la puerta entreabierta  no divisaba nada.


—Está dentro, ven que te la presente.


Pasamos el umbral y entonces la vi. Estaba en una mecedora vieja, como ella. La una llena de arrugas, la otra de carcoma. Las dos con articulaciones chirriantes. La anciana vestía una bata desvaída, estampada con pequeñas rosas, que parecía quedarle grande. Todo parecería quedarle grande a su cuerpo tan pequeño.


—Hola — le dije tímidamente.


—No te ha escuchado, está bastante sorda.


Mi desconcierto era evidente. Elena se agachó frente a ella, y cogió sus manos con suavidad, mientras paseaba sus pulgares por los dorsos manchados de vejez la oí susurrarle.


—Abuela, este es Pedro, mi novio. Ya te he hablado de él. Nos vamos al cine. Mamá viene pronto.


Le hice un gesto con la mano, pero no puede saber si ella me vio. Apenas si giró la cabeza.


Mientras íbamos hacia la salida, mi cara de desconcierto le hacía una muda pregunta.


—No entiendo.


—Mi abuela mantiene que en la última mudanza despistó a la muerte—encogió los hombros y sonrió, condescendiente—. Y ahora no quiere que se grite cerca de ella para no llamar su atención.


A través de sus labios vi el filo de sus dientes, y enamorado, besé labios y dientes. Su cintura me esquivó en dirección al porche y juguetones corrimos sobre risas contenidas. Al cerrarse la puerta. Como si hubiéramos dejado las reglas del otro mundo atrás, atrapé su cuerpo, y victorioso, sabiéndome el hombre más afortunado grité a la nada:


—¡Eh!, la abuela está dentro, en el salón.


—Tonto —me recriminó ella, y nuestras bocas se callaron la una con la otra.


 


Ya habíamos salido del cine hacía rato. Paseábamos como siameses con el cuerpo unido de juntos. Como militares, al mismo paso. Como militares siameses. Nos cruzamos con alguien que hablaba por su teléfono con la cabeza torcida, como si lo llevara colgado de la oreja y no pudiera aguantar el peso. Elena recordó que aún no había conectado su móvil, y apartándose de mí lo buscó en el bolso. Sin ella me sentí desnudo, tenía frío. El pequeño aparato después de iluminarse como una feria en miniatura, dejó escapar, en tropel, todas las llamadas perdidas.


—Es mi madre — me dijo preocupada—, me ha llamado un montón de veces.


Metió mano y teléfono bajo su pelo, con la otra mano cogió la mía. El que contestara no le dejó decir mucho, apenas salieron por su boca algunos inicios de palabras. Colgó y con la cabeza baja, ocultando su llanto me dijo:


— Es mi abuela, ha muerto.


Caminamos rápido hacia su casa, y en todo el camino cada uno iba metido en sus pensamientos. Yo nunca supe como reaccionar ante casos como este, y aunque era una soberana tontería, recé por que nadie, y mucho menos Elena, recordara que había sido yo el que había chivado a la muerte, el escondite de la pobre vieja.