miércoles 26 de marzo de 2008

De Naturaleza ... Desobediente



No puedo explicarlo, soy así y punto. No encuentro ningún placer en ser desobediente. Tampoco me ha reportado más que disgustos. Ya desde niño, esta naturaleza mía solo sirvió para que me quitaran el polvo, tanto de mi cabeza como de mi trasero, a base de tortazos. Pareciera que con los golpes, igual que si hubieran utilizado un martillo, en lugar de quitarme esa manía, la hubieran remachado en lo más profundo de mi carácter como si de un clavo se tratara.


            — ¡No te enamores de mí! — me lo dijo clarito, estábamos solos y no pasaba ningún coche por la calle que amortiguara su voz. Lo entendí a la primera. Estábamos en ese momento negociando como serían nuestros encuentros sexuales, ella me ponía cachondo, y yo a ella también. Siendo así, ya que éramos adultos ¿Por qué no íbamos a disfrutar de nuestros cuerpos? ¡Claro! Es cierto que ella era la mujer de mi mejor amigo, y que eso no estaba bien, sería como una traición. Por eso, porque no éramos tan desalmados, era por lo que yo me escudé en el poder de la testosterona y ella puso esa condición que la eximía de toda culpa.


            — ¡No te enamores de mí!


 Por muy duro que fuera el sexo de allí en adelante, al no haber sentimientos por medio, todo quedaría como un simple roce de piel con piel, como un intercambio de fluidos. Algo así como los empujones que podemos dar y recibir en un ascensor lleno de gente o en el metro en hora punta. No hay delito en eso, nadie puede negarlo.


Ella no sabía que yo era de naturaleza desobediente. Nunca se lo dije. Y yo, por supuesto, me enamoré.


Me dejé llevar por la corriente, por el torrente de sensaciones, por el tsunami…de los huevos. La arrastré a ella, claro, y también se enamoró. Durante un tiempo disfrutamos como niños de besos en las esquinas, de versos estúpidos y llamadas idiotas para no decir nada… incluso le pusimos al sexo lacitos de colores. Iluminamos los encuentros con velas y hablábamos en las cenas, bebiendo vino en copas de cristal.


En vista de que la primera premisa había quedado obsoleta, por mi naturaleza desobediente, ella, un poco mandona, estableció un nuevo límite.


—No me pidas más. No voy a dejar a mi marido. Tú eres el amante perfecto y él el compañero ideal.


Yo, que soy así, rebelde, insumiso, empecé a pedir, a suplicar, a exigir, a mendigar, a rogar, implorar, llorar, a demandar más tiempo, más sexo, más atención, más, más, más…


No me lo dio, trató de hacerme ver que lo que teníamos era fantástico. Me juró que me quería. Me prometió que siempre disfrutaríamos de esa relación perfecta. Que nunca me abandonaría. Que me seguiría al fin del mundo. Yo, no es que no la creyera, es que parece que me gusta llevar la contraria. Tal vez por eso abrí la puerta con furia y dejé espacio para que saliera, no fue una invitación lo que salió por mi boca.


            — ¡Fuera! ¡Vete!


            Mis ojos se deslizaron por el suelo en dirección a la calle, como marcándole el camino de baldosas amarillas. Ella salió después de susurrar mi nombre intentando llamar mi atención. Yo apreté los labios y el pomo de la puerta, inamovible, sordo. Justo antes de llegar a la esquina se volvió, me anticipé a su gesto y rehuí sus ojos. Un portazo retumbó por mi enorme casa vacía, recorrió los pasillos, se giró en los rincones y haciendo eco en las cacerolas que se secaban en el fregadero, regresó a mí para agrietarme el corazón y gritarme, entre alarmado y burlón, que me había quedado terriblemente solo.


            Si corría un poco podría alcanzarla antes de que saliera a la calle. Después de haber pedido tanto, no resultaría muy difícil pedir perdón. Después de haberla echado de esa forma, de haber sentido su sufrimiento, su dolor, nada me apetecía más que estrecharla entre mis brazos, y que ella, con los suyos, mantuviera unidos los trozos de mi roto corazón hasta que sanara.


Salí a la calle y me fui a la barra del bar, a emborracharme. Es que soy de naturaleza desobediente, y cuando vi  los pedazos sangrantes de mi alma escapándose por entre mis torpes dedos, tiñéndolos de un rojo alarmante, cuando vi que mi vida se caía desplomada al suelo como un cuerpo sin esqueleto, recordé aquellos consejos médicos que decían, que no se debía poner alcohol en las heridas abiertas.


miércoles 12 de marzo de 2008

Ande yo caliente y ...



 

Hoy la lluvia me ha sorprendido cuando volvía del trabajo, y me ha mojado. Sería más cierto decir que me he dejado mojar. Recordé aquel otro día en que también llovió y he vuelto caminado tranquilamente mientras las gotas empapaban mis ropas y llenaban mis zapatos hasta lograr que marcaran el ritmo de mis pasos con un ahogado choff choff. Me ha resultado grato recordar todo aquello, aunque puede que no sea aconsejable para mi corazón un ataque de añoranza de ese calibre.


            Aquel fue el primer día que me afeité. Lo hice a hurtadillas, pasando el cerrojo del baño, consideraba que afeitarme era la muestra visible de todos los cambios que mi cuerpo estaba sufriendo, y lo mismo que escondía pudoroso el vello en las axilas o en el pubis, oculté mis planes entre avergonzado y temeroso de las burlas de mi hermano. Solo tenía un marcado bozo y algunos pelos impacientes y desgarbados, alejados los unos de los otros, perdidos en mi cara. La cuchilla se deslizó suave, pensé que no cortaba, pero cuando a su paso limpiaba de mi rostro la espuma, pude advertir que los pelos desaparecían dejando mi piel como el culo de un niño, por entonces no había tanta diferencia aún. La loción picaba, más de lo que podía imaginar. Dudé si ponerme un poco de la colonia de mi padre, al fin, abandoné la idea, pues sabía que podría ocultar a los ojos de mi madre y mi hermano el rostro afeitado, pero no sería posible si paseaba ante sus narices un reclamo de esa índole.


            Aquel día fue el de mi primera cita. La tarde, gris por la gruesa capa de amenazadoras nubes, me azotaba la cara, helándola, con una brisa inconstante, caprichosa, mientras caminaba al punto del parque donde había quedado con Elena. Mi estómago se asemejaba a un agujero negro, profundo, grande, vacío. Ataques de pánico fugaces me asaltaban preguntándome si sabría comportarme, si cumpliría las expectativas de ella. En el colegio la relación era fluida y teníamos tema de conversación inagotable con las anécdotas de la clase, con los profesores y nuestros amigos. Pero estábamos fuera, iríamos al cine y yo no sabía de qué hablar. Me calmaba el hecho de que no podríamos hacerlo allí, y luego, tal vez podíamos hacerlo… de la película.


            Aquel día le cogí la mano por primera vez, no como la consecuencia de un juego, ni para ayudarla. Le cogí la mano para que me viera. Me ayudé de la oscuridad del cine, e indecisa, mi mano buscó la suya. Luego, esa misma oscuridad ocultó nuestras mejillas ruborosas, no pudo hacerlo con nuestros tímidos ojos chispeantes de alegría.


            Más tarde, nos comimos unas hamburguesas en una mesa, lejos de los amplios ventanales del local, y seguimos hablando del colegio, de los profesores y de nuestros amigos. Creo que ella tampoco prestó mucha atención a la película.


            Caminamos despacio hasta un cruce dos calles antes de llegar a su casa. Era lo acordado.


— Lo he pasado muy bien.


            — ¡Y yo! — rápido, impaciente, como si la tardanza en responder significara lo contrario.


            Fue entonces cuando empezó a caer la lluvia, de a poquito, incentivando la despedida.


            — Podemos repetirlo, si quieres… mañana puedes…


— Recogerte en la academia a las seis. — Terminé la frase.


            Ella me regaló una amplia sonrisa, y con un rápido gesto me besó en la boca. Se giró y corrió hacia su casa. El agua ya caía con fuerza pero yo seguía de pie, aguantando, estoico, disfrutando del dulce sabor de la despedida mientras la observaba alejarse.


            Alguien pasó a mi lado y me riñó.


            — ¡Niño! ¡Que te estás mojando!


 


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            — ¿Pero dónde te has metido? ¡Si vienes empapado! — Me recibió mi madre.


            — Mamá, ¿seguro que Pedro no es adoptado? ¡Es tonto! Mira como se ríe. — Se burló mi hermano.


            Aquel día fue el primero que mi hermano no me molestó con sus chanzas, lo miré y me compadecí de su triste vida.


            — ¡Venga! Sube al baño, te quitas esa ropa y te secas ¡Que te vas a morir de frío!— Me ordenó mi madre mientras me empujaba hacia las escaleras.


            ¿Frío? Pensé mientras subía, como flotando. ¡Imposible! Cierto es que estaba tiritando, pero el cálido roce de sus labios, aún ardía en los míos.


jueves 6 de marzo de 2008

La Alcantarilla.


(A veces encuentro placer en escribir por escribir, no tengo historia, va fluyendo. Ésta es la primera entrega de algo que empezó por ver una alcantarilla destapada)


 


Cada mañana, cuando salía a su paseo cotidiano, se esforzaba en encontrar algo que distinguiera ese día del día anterior. Pocas veces descubría grandes cambios, y cuando lo hacía, por mucho que se esforzara en grabarlo nítido en su memoria, ésta, con las baterías descargadas por los más de setenta años de uso, perdía los detalles en los rincones o en los fondos sin fondo de los viejos cajones.


            El Sol ya estaba alto, serían cerca de las once, o eso dedujo por la sombra del pararrayos del Ayuntamiento que estaba rozando el filo de la acera. Había perdido la costumbre de mirar el reloj antes de salir de casa, le costó trabajo, tanto como aprender, en las semanas siguientes a su jubilación, caminar libre de la esclavitud del reloj de pulsera. Pero lo consiguió, y se acostumbró a vivir con la lentitud y la despreocupación del que confía en su cuerpo para que le dicte sus necesidades. “¿Tengo hambre? ¡Pues como! ¿Tengo sed? ¡Pues bebo! ¿Tengo sueño?...” Y ahí empezaban los problemas. Como mucho, justo después de comer, con el calor de la tarde, o por las noches con la tele, a la que cada vez le encontraba menos aliciente, le invadía un sopor, una modorra que se quedaba sólo como promesa de una siesta o una noche ininterrumpida de sueño. 


            Cuando su esposa vivía, ya en los últimos años, sufriendo los dos del mismo mal, del insomnio, encontraron el uno en el otro remedio para soportar las noches en blanco. Y vieron pasar muchas horas de madrugada jugando a las cartas y apostando garbanzos, los mismos que se comían cocinados días más tarde. También hablaban, siempre de hacía mucho tiempo, como si estuvieran contando cuentos infantiles. Y alguna que otra noche, ella ponía los pies en su regazo, cuando no su cabeza, y mientras hablaban lánguidamente de sus hijos, tan lejos, de sus nietos, tan desconocidos, él le acariciaba los pies o hacía rizos con su cabello ralo hasta que la conversación se acababa. Luego, gastaban las horas en la suave contemplación del murmullo de la respiración del otro.


            Pero ahora, las noches le encerraban con sus muros de oscuridad, le aislaban del resto del mundo, y le atormentaban con tenebrosos crujidos de muebles, que sonaban como auténticas promesas de aterradoras apariciones en su trasnochada soledad. Alguna vez, fruto de elucubraciones estúpidas de su mente desocupada, pensó que era objeto de un estudio por parte de los Dioses caprichosos, que al igual que a un ratón de laboratorio atrapado en el laberinto que era su piso, le observaban encerrado y solo durante las horas interminables de una madrugada vacía. Hubo noches que lloró, hubo noches que tuvo miedo a lo que podía aparecer detrás de las sombras, pero logró reunir el valor suficiente para esperar, a veces más a veces menos, al Sol, que siempre fue lo único que acababa corriendo las oscuras cortinas de los temores. Y esa mañana, ese mismo Sol parecía tener el ímpetu de una estrella joven, pues pintaba las calles, las casas, el cielo y hasta el aire con alegres colores veraniegos.


Él, sin destino, caminaba con una parsimonia que contrastaba con las prisas del resto del mundo. Usaba sombrero de paja y un bastón que utilizaba no como apoyo, si no como una muleta cuya finalidad no era otra que la de mantener ocupada al menos una mano. Odiaba tener las dos manos libres, nunca sabía qué hacer con ellas. Metidas en los bolsillos, le parecía que daban un aire indolente y despreocupado que no le gustaba. Si se sujetaban la una a la otra, inutilizadas mutuamente, al poco rato le sudaban y empezaban a dolerle los hombros por el peso muerto. Los brazos cruzados ¡nunca! así eran una muralla que le impedía el contacto con los demás, y ya tenía bastante aislamiento durante la noche. Pero con el bastón todo cambiaba, una mano siempre estaba atareada y la otra podía ocuparse de saludar, rascarse, señalar y a veces descansar inocente en el bolsillo. También en alguna ocasión pensó que el bastón le daba cierto aire interesante y soñaba despierto con los murmullos de admiración que levantaba en algunas mujeres. Al fin y al cabo seguía siendo un hombre, aunque su cuerpo lo olvidara por días, por lo visto, su cuerpo también tenía mala memoria.


 

martes 4 de marzo de 2008

La mala suerte






Me contaba Carlos, que así dijo llamarse mi compañero de copas, con esa media voz de cinco tragos de más, con esa mirada inquieta y nublada de miopía inducida por el Whisky. Me contaba, mientras apoyaba sus codos sobre la barra del bar, como queriendo hender el acero con el peso de su pasado, con la dureza de sus curtidos huesos, después de levantar el vaso a la altura de sus ojos con un gesto de liturgia costumbrista, después de comprobar el amarillo de oro viejo del líquido y haber aclarado la dulzona aspereza de su garganta eternamente reseca, me contaba, que no había tenido suerte en la vida. Subrayó la frase con un golpe de cristal sobre acero, e hizo un eco chasqueando la lengua sobre sus dientes amarillos.


            —Ninguna suerte. — reiteró.


            Me contaba que tampoco tuvo valor para nada, y que desde muy joven descubrió la facultad que tenía la mentira para paliar, al menos superficialmente, como un mal ungüento, todo esfuerzo, todo fracaso. Hizo una seña al camarero para que volviera a llenar su vaso, y con su lengua hinchada y pastosa, me siguió contando.


            — Mi vida siempre fue una cuesta abajo. Y nunca hice nada para evitarlo. Al principio escondía mis miserias en un cajón secreto bajo una tapa de mentiras. Luego, cuando ya no pude mantenerlas, me escondía en el juego y el alcohol. ¿Sabe? — No dejó el tratamiento de usted en toda la noche— Si me comparaba con los que me encontraba en esos ambientes, yo no era tan malo. — Contuvo una risa con la boca cerrada que se le escapó a medias, con un pequeño gorjeo mocoso por la nariz. — Me lo jugué todo y lo perdí todo. ¡Tampoco es tan difícil, nunca tuve gran cosa!


            Hizo un largo silencio que aprovechó para seguir con la ceremonia, casi religiosa, en la que acariciaba el vaso, hacía bailar el Whisky en él y lo hacía desaparecer de un rápido trago tras haberlo expuesto a su mirada neblinosa, a la luz purificadora del neón que parpadeaba débilmente en la pared del fondo.


            Me contaba Carlos, bajando la voz hasta el tono de las confidencias, o quizá de la vergüenza, que cuando hubo caído en el fondo del pozo, creyó, como todo buen jugador, que su mala racha no podía seguir siempre, y…


            —Me jugué la vida. ¡Sí! Como suena. Literalmente me jugué mi asquerosa vida. ¿Sabe lo que es la Ruleta Rusa?— Sus ojos se mojaron y temblaron ligeramente, como por miedo. — Una bala en el tambor, y el frío cañón de acero tan apretado contra la sien, que parece que quisiera ahorrarle el trabajo al proyectil.


            Me contaba Carlos, con la mirada perdida en el suelo, como si hubiera resbalado desde el filo de la barra, que en el momento antes de apretar el gatillo, como apariciones tenebrosas, como fantasmas acusadores le asaltaron las imágenes de todos aquellos a los que quiso y le quisieron. Y que cuando pensaba que le harían purgar sus pecados con insultos y recriminaciones, cuando pensaba que le pondrían una penitencia redentora, simplemente le abandonaron a su suerte, se dieron media vuelta y le dejaron solo, frente a los ojos vacíos de su contrincante y con el frío cañón del revólver apoyado en su cabeza.


            —Nunca me sentí más solo.— Meneó la cabeza— En toda mi vida no conocí el valor, pero aquella noche encontré el necesario en el hecho de que quizá obtendría por fin una victoria, y apreté el gatillo.


            — Por lo que veo tenía razón, por fin ganó una vez. — intervine con tono desenfadado.


            Carlos me miró, y mientras empezaba su ceremonia con el vaso que le acababa de llenar de nuevo el camarero, me dijo, como revelándome el secreto oculto de todo lo que me había contado, con tono condescendiente, aclaratorio.


            — Nunca tuve suerte, cuando apreté el gatillo, el sonido del percutor golpeando en la recámara vacía me escupió a la cara mi maldita mala suerte. En aquel momento— levantó su vaso y dijo, como habándole al Whisky— nada deseaba más que reventarme la cabeza y acabar con todo de una vez.


            Apuró el vaso de un solo trago y subrayó sus frases con un golpe de cristal sobre acero, como un disparo, e hizo un eco chasqueando la lengua sobre sus dientes amarillos.


            — Ninguna suerte— concluyó.