
De pié en el pretil de esa terraza, no siente vértigo; al fin y al cabo, toda su vida ha sido una caída libre. Al fondo, en el horizonte, el cielo resplandece suavemente de un naranja, tan sucio, que no sabe distinguir si es el amanecer, o las luces reflejadas en el vaho de la ciudad. El aire, aunque manchado, le refresca los tobillos, los hombros, casi congela la piel allí donde las lágrimas dejan regueros de dolor; y empujando contra su cuerpo el liviano vestido, le ofrece una tentadora promesa de lecho de algodón en el que descansar el sufrimiento.
—Papá — sale de su boca como una palabra mágica que tuviera el poder de la libertad, y evoca aquellos días que parecen soñados de tan lejanos.
“Mi princesa” la llamaba, y la hacía volar como un hada, para refugiarla luego en la torre de sus brazos; su castillo, donde se dormía tranquila y a salvo entre aromas de loción y tabaco. “Mi princesa”, resonaba como un eco.
No llegó a ella con un zapatito de cristal sobre cojín encarnado, aunque el primer beso la despertara a otro mundo. Le trajo promesas de castillos encantados, y cuando, con su sonrisa blanca de príncipe azul, la llamó “Reina”, cambió los brazos protectores por otros de pasión.
Abajo, las luces de coches, de letreros, de insomnes extraños, le recuerdan al árbol de Navidad de su infancia que, desde su apartado rincón, coloreaba toda la sala de estar. A modo de abono, en el suelo, ordenados, se quedaban los zapatos de toda la familia en Nochebuena. Los suyos, pequeños, junto a los de su padre, grandes y olorosos a cuero y betún. A la mañana siguiente dibujaron en el cristal de la ventana con la punta de los dedos, mariposas, y a través del dibujo vieron la nieve que caía, mecida por el viento, pintando todo con su deslumbrante color de luz.
La cambió por la nieve con la que hacía dibujos lineales con una cuchilla, sobre un espejo de cristal; y cayó, como en un remolino sin fondo, sin poder agarrarse a nada.
De niña cabalgaba sobre sus hombros, sobre sus rodillas, sin descanso, dejando por los caminos una letanía de risas que hacían las veces de las hojas muertas del bosque. ¡Arre! Gritaba, y su pierna, como caballo salvaje, daba saltos amenazando con tirarla al suelo, pero siempre, antes de que eso sucediera, aquellas manos grandes la rescataban, y la felicidad salía de su garganta en sonoras carcajadas.
Cambió ese caballo, por otro que pisoteaba sus entrañas sin piedad, cuando le daba rienda suelta quitando la goma que ahogaba su brazo, y corría desde la jeringa, abrasando sus venas.
—Papá — murmuró, y en las lágrimas encontró el reflejo de aquellas que llenaban sus ojos cuando bailó en el festival de fin de curso, con su tutú, con las zapatillas de cinta de raso. “Mi llanto es de orgullo, princesa”, le dijo. Pero fue el orgullo, el de ambos, el que los separó años más tarde. Y en el estrecho pretil, esbozó unos lejanos pasos de baile, con sus pies descalzos.
— Papá — gritó perdida, y en los ecos de la ciudad que se despierta, escuchó un vago: “Mi princesa” al que avanzó buscando su refugio de loción y tabaco, sin darse cuenta que no llevaba puestas sus botas de siete leguas.

6 comentarios:
Te dió tiempo a ver la vitrina???? Muy bueno tu escrito uf... Un besazo.
Impresionante, Pedro. Como siempre.
Miedo me da, pánico...
Tengo dos princesas.
Un abrazo grande, Pedro.
P.D. Una historia conmovedoramente bien escrita.
Está genial.
Me encanta la palabra Pretil. Tiene musicalidad.
¡Qué tiempos!
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