
El timbre no funcionaba, así que golpeé con los nudillos sobre las capas de pintura verde que cubrían la puerta. Como tardaban en abrir y me pareció que no había sonado mucho, golpeé más fuerte. Mis nudillos se quejaron al igual que hicieron las bisagras.
—Hola.
—Ssssssssshhhh— me contestó llevando el dedo índice a los labios. Le besé labios y dedo a la vez. Su cintura me huía y entre risas lanzó una mirada autoritaria mientras volvía a chistar.
—¡Sshh!
—¿Qué pasa? ¿Hay alguien durmiendo?— bisbisé. Y a partir de ahí todo fue a media voz.
—No, es mi abuela que está en el salón.
Miré en aquella dirección, pero a través de la puerta entreabierta no divisaba nada.
—Está dentro, ven que te la presente.
Pasamos el umbral y entonces la vi. Estaba en una mecedora vieja, como ella. La una llena de arrugas, la otra de carcoma. Las dos con articulaciones chirriantes. La anciana vestía una bata desvaída, estampada con pequeñas rosas, que parecía quedarle grande. Todo parecería quedarle grande a su cuerpo tan pequeño.
—Hola — le dije tímidamente.
—No te ha escuchado, está bastante sorda.
Mi desconcierto era evidente. Elena se agachó frente a ella, y cogió sus manos con suavidad, mientras paseaba sus pulgares por los dorsos manchados de vejez la oí susurrarle.
—Abuela, este es Pedro, mi novio. Ya te he hablado de él. Nos vamos al cine. Mamá viene pronto.
Le hice un gesto con la mano, pero no puede saber si ella me vio. Apenas si giró la cabeza.
Mientras íbamos hacia la salida, mi cara de desconcierto le hacía una muda pregunta.
—No entiendo.
—Mi abuela mantiene que en la última mudanza despistó a la muerte—encogió los hombros y sonrió, condescendiente—. Y ahora no quiere que se grite cerca de ella para no llamar su atención.
A través de sus labios vi el filo de sus dientes, y enamorado, besé labios y dientes. Su cintura me esquivó en dirección al porche y juguetones corrimos sobre risas contenidas. Al cerrarse la puerta. Como si hubiéramos dejado las reglas del otro mundo atrás, atrapé su cuerpo, y victorioso, sabiéndome el hombre más afortunado grité a la nada:
—¡Eh!, la abuela está dentro, en el salón.
—Tonto —me recriminó ella, y nuestras bocas se callaron la una con la otra.
Ya habíamos salido del cine hacía rato. Paseábamos como siameses con el cuerpo unido de juntos. Como militares, al mismo paso. Como militares siameses. Nos cruzamos con alguien que hablaba por su teléfono con la cabeza torcida, como si lo llevara colgado de la oreja y no pudiera aguantar el peso. Elena recordó que aún no había conectado su móvil, y apartándose de mí lo buscó en el bolso. Sin ella me sentí desnudo, tenía frío. El pequeño aparato después de iluminarse como una feria en miniatura, dejó escapar, en tropel, todas las llamadas perdidas.
—Es mi madre — me dijo preocupada—, me ha llamado un montón de veces.
Metió mano y teléfono bajo su pelo, con la otra mano cogió la mía. El que contestara no le dejó decir mucho, apenas salieron por su boca algunos inicios de palabras. Colgó y con la cabeza baja, ocultando su llanto me dijo:
— Es mi abuela, ha muerto.
Caminamos rápido hacia su casa, y en todo el camino cada uno iba metido en sus pensamientos. Yo nunca supe como reaccionar ante casos como este, y aunque era una soberana tontería, recé por que nadie, y mucho menos Elena, recordara que había sido yo el que había chivado a la muerte, el escondite de la pobre vieja.

8 comentarios:
Bueno, creo que la muerte es una certeza..así que no hay que "vivirla" demasiado apasionadamente, más bien es mejor saludarla de forma rápido cuando se cruza en tu camino..como haces con el portero del inmueble..; sin embargo el amor es otra cosa..ese es mejor disfrutarlo como si fuera el último minuto..no vaya a ser que se vaya y no vuelva.
Cada vez escribes mejor, tio.
No hay nadie que escriba con tanta chispa como tú, Pedro. Es imposible encontrar quien saque una sonrisa leyendo un texto en que la muerte se pasea por sus renglones. Cómo me gustas...
Y luego me dices a mí? Si te afecta la calor por igual...o más...jeje
Un abrazo, wapísimo.
Saludos paisano!!, me alegro que gracias a "Jones" te haya re-descubierto...
me alegra encontrarte.
Ciertamente este tipo tiene poder de convocatoria.... un abrazo!!!
Por cierto, algún día escribire como tu, lo tengo en tareas pendientes.
Hola, guapo. Felicitaciones atrasadas. Excelente relato, como de costumbre, Pedro. Besazos!
Pero porqué??
Me gusta mucho tu relato Pedro, es tierno, pero no me cuadra el final. (O no lo entiendo que puede ser) Porqué se chivó??
Verás mónica, el protagonista está enamorado, es joven y se burla de la superstición de la vieja gritando, cuando sale de la casa, que la abuela está en el salón. Luego, cuando se entera de su muerte, aunque cree que es una tontería, no puede dejar de pensar que tal vez fuera cierto lo que decía la pobre mujer; y aceptando esa certeza, la culpa de la muerte sería suya,por eso el cargo de conciencia.
Lo bueno no dura para siempre.
Lástima por la abuela.
Lo que si espero es que la nieta tenga amnesia temporal.
sencillamente fantástico
embruxo
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