
Hace muchos años, perdí la cuenta, algunos amigos se rieron de mí por que comenté que las puertas se hicieron para permanecer abiertas. Creía firmemente que por ellas nos llegaría todo lo bueno, y es así, sin duda, no se trata del pensamiento de un joven indestructible en su edad, es tan cierto como que por ellas, como la arena entre los dedos cuanto más aprietas, se escapan cada uno de los motores de la respiración, todo aquello que quieres, todo aquello que necesitas. Y no lo hace de a poquito, cada cosa en su fuga agranda el agujero, y lo que empezó siendo un simple poro, acaba convertido en impresionante tolva que se traga toda tu esencia y te deja el cuerpo vacío, quebradizo como cenizas de papel.
Yo hice mi casa, la dibujé sobre un papel, luego cambié el boli por una tiza, y la dibujé en el suelo. Monté frágiles esqueletos de madera y les di fuerza recubriéndolos con tableros a modo de piel, entre ellos, imitando a venas, unos tubos reparten agua, otros llevan cables. Cada tornillo, entre su rosca, sujeta maderas y una ilusión. En cada junta hay un sueño. Cada gota de sudor derramada en su construcción, huele a perfume, a promesa de risas mañaneras. Tiene muchas ventanas, unas dan al este, por ese motivo en la cocina se servían desayunos de mantequilla sobre pan tostado por el sol. Otras dan al oeste, “Buenas noches Sol, hasta mañana”, y él se despedía coloreando las últimas luces como un niño pequeño, sin orden, sin mesura, con derroche. El techo es de vigas oscuras con una cubierta blanca, donde pegamos estrellas fluorescentes encima de las camas, no hay jardín ni césped, pero por las noches nos tumbábamos sobre las colchas verdes y mirábamos el cielo. Le hice una trampilla para subir al tejado, allí a veces tomo el sol compartiéndolo con las palomas, y desde allí, mi hijo y yo vimos los fuegos artificiales de la última feria de agosto. Allí quedamos para ver la lluvia de meteoros, nos quedamos dormidos, nos dimos plantón.
También hice las puertas, de duelas, con clavos negros y manivelas envejecidas. Trabajo perdido, casi nunca se cerraron, cortaban el paso de las risas y de los rebufos de un cuerpo enano que corría de una habitación a otra.
Pero me equivoqué en una, en la puerta de entrada. La compré hecha, no es blindada ni tiene cerradura de seguridad, tampoco tiene juntas de goma ni bisagras antipalanca, es una puerta barata, común, simple. Quizá por eso, al igual que un mal perro guardián, dejó que robaran la felicidad. O bien se escapó disuelta en la calefacción que se escapaba por entre las malas juntas. Sea como fuere, las habitaciones se cerraron, las persianas taparon los colores locos del atardecer. El aire permanece quieto y en la cocina ya no se desayuna. Ya nadie se tumba sobre las colchas de césped.
En esta casa no existe igualdad entre las estaciones, el invierno es perpetuo, solo se rompe por una primavera de un día en fines de semana alternos, suele ser siempre en viernes. El sábado es verano, modorra mañanera, y todo el día de vacaciones. En ese corto espacio de tiempo se vuelven a oír risas y se derrite la mantequilla en pan horneado de buena mañana. El domingo amanece como un otoño ocre, gris, con olor a despedida, al caer la noche, el manto mortal del crudo invierno vuelve a acallar los latidos.
No he cambiado la puerta de entrada, y se han ido las primaveras de dos días. Con tan poca luz, la casa se convierte en un laberinto, donde nada tiene sentido, donde cada puerta lleva a cuatro paredes, vacías. En algunos testeros se ven olvidadas alcayatas, deprimentes testigos de un pasado mejor, idílico. En los rincones se acumula el polvo cobarde, restos cadavéricos de las ilusiones. Los techos están nublados con pertinaces nimbos, que granizan sobre la esperanza, y escarchan los flecos del alma.
Y ante esa puerta, que resiste el paso del tiempo, con mi machacado corazón, con los ojos ahogados, con las manos cargadas de pañuelos de despedida y vestido de forzado penitente con las muñecas ahorcadas, tiemblo de miedo por que temo que al otro lado, me esté esperando la segunda de las muertes, la definitiva, la indiscutible, el olvido.

7 comentarios:
Me estremeció la primera vez que lo leí, pero hoy, al volverlo a leer después del tiempo me aprieta en un nudo el corazón. Qué locura, que tremenda injusticia de la vida, loca y caprichosa.
Un besazo, Pedro.
Me alegra leerte por aqui, ahora que te he encontrado, visitare tu casa mas a menudo, si me dejas.
Ruth.
La historia es tristorra, pero el relato está tan bien llevado hasta el final que es un placer leerlo. Esa forma de hablar de los estados de las puertas y la desesperanza de los techos.
No te vas a pasar currando el resto de tu existencia...no?
¿O es que te has buscao novia?
Me parece que acabo de decidir que este es mi favorito (de momento) de todos los cuentos que te llevo leídos...pero no me hagas caso, ya sabes que soy algo rarita ; )
Un placer releerte. Un beso Pedro.
Pedro, he llorado al leer este relato, quizá por el sufrimiento que encierra, quizá por que la sangre que fluye por nuestras venas haga de los sentimientos un nexo de unión. Me encantan tus desayunos primaverales, sabes que os quiero.
Mª Carmen
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