martes 4 de marzo de 2008

La mala suerte






Me contaba Carlos, que así dijo llamarse mi compañero de copas, con esa media voz de cinco tragos de más, con esa mirada inquieta y nublada de miopía inducida por el Whisky. Me contaba, mientras apoyaba sus codos sobre la barra del bar, como queriendo hender el acero con el peso de su pasado, con la dureza de sus curtidos huesos, después de levantar el vaso a la altura de sus ojos con un gesto de liturgia costumbrista, después de comprobar el amarillo de oro viejo del líquido y haber aclarado la dulzona aspereza de su garganta eternamente reseca, me contaba, que no había tenido suerte en la vida. Subrayó la frase con un golpe de cristal sobre acero, e hizo un eco chasqueando la lengua sobre sus dientes amarillos.


            —Ninguna suerte. — reiteró.


            Me contaba que tampoco tuvo valor para nada, y que desde muy joven descubrió la facultad que tenía la mentira para paliar, al menos superficialmente, como un mal ungüento, todo esfuerzo, todo fracaso. Hizo una seña al camarero para que volviera a llenar su vaso, y con su lengua hinchada y pastosa, me siguió contando.


            — Mi vida siempre fue una cuesta abajo. Y nunca hice nada para evitarlo. Al principio escondía mis miserias en un cajón secreto bajo una tapa de mentiras. Luego, cuando ya no pude mantenerlas, me escondía en el juego y el alcohol. ¿Sabe? — No dejó el tratamiento de usted en toda la noche— Si me comparaba con los que me encontraba en esos ambientes, yo no era tan malo. — Contuvo una risa con la boca cerrada que se le escapó a medias, con un pequeño gorjeo mocoso por la nariz. — Me lo jugué todo y lo perdí todo. ¡Tampoco es tan difícil, nunca tuve gran cosa!


            Hizo un largo silencio que aprovechó para seguir con la ceremonia, casi religiosa, en la que acariciaba el vaso, hacía bailar el Whisky en él y lo hacía desaparecer de un rápido trago tras haberlo expuesto a su mirada neblinosa, a la luz purificadora del neón que parpadeaba débilmente en la pared del fondo.


            Me contaba Carlos, bajando la voz hasta el tono de las confidencias, o quizá de la vergüenza, que cuando hubo caído en el fondo del pozo, creyó, como todo buen jugador, que su mala racha no podía seguir siempre, y…


            —Me jugué la vida. ¡Sí! Como suena. Literalmente me jugué mi asquerosa vida. ¿Sabe lo que es la Ruleta Rusa?— Sus ojos se mojaron y temblaron ligeramente, como por miedo. — Una bala en el tambor, y el frío cañón de acero tan apretado contra la sien, que parece que quisiera ahorrarle el trabajo al proyectil.


            Me contaba Carlos, con la mirada perdida en el suelo, como si hubiera resbalado desde el filo de la barra, que en el momento antes de apretar el gatillo, como apariciones tenebrosas, como fantasmas acusadores le asaltaron las imágenes de todos aquellos a los que quiso y le quisieron. Y que cuando pensaba que le harían purgar sus pecados con insultos y recriminaciones, cuando pensaba que le pondrían una penitencia redentora, simplemente le abandonaron a su suerte, se dieron media vuelta y le dejaron solo, frente a los ojos vacíos de su contrincante y con el frío cañón del revólver apoyado en su cabeza.


            —Nunca me sentí más solo.— Meneó la cabeza— En toda mi vida no conocí el valor, pero aquella noche encontré el necesario en el hecho de que quizá obtendría por fin una victoria, y apreté el gatillo.


            — Por lo que veo tenía razón, por fin ganó una vez. — intervine con tono desenfadado.


            Carlos me miró, y mientras empezaba su ceremonia con el vaso que le acababa de llenar de nuevo el camarero, me dijo, como revelándome el secreto oculto de todo lo que me había contado, con tono condescendiente, aclaratorio.


            — Nunca tuve suerte, cuando apreté el gatillo, el sonido del percutor golpeando en la recámara vacía me escupió a la cara mi maldita mala suerte. En aquel momento— levantó su vaso y dijo, como habándole al Whisky— nada deseaba más que reventarme la cabeza y acabar con todo de una vez.


            Apuró el vaso de un solo trago y subrayó sus frases con un golpe de cristal sobre acero, como un disparo, e hizo un eco chasqueando la lengua sobre sus dientes amarillos.


            — Ninguna suerte— concluyó.


9 comentarios:

Mummy dijo...

Hola, maestro.
Tus relatos, con esa firma que solo puede ser tuya, siempre sacian sin dejar de desear más.
Un abrazo, amigo.

Cositas dijo...

¡Anda! ¡Un bloss! Más tarde te agrego, Pedrico, más que nada por tenerte vigilado, ya sabes ; )

Nausicaa dijo...

Oh! Vuelvo a cruzarme contigo, menos mal que cositas os tiene q todos localizados :)

Carmen dijo...

Buenas, Pedro, o sea que el tal Carlos te conto su vida sin suerte. Las copas de cinco en cinco es lo que tienen. Yo también te voy a agregar a mi libro de visitas si no te importa.

Alicia dijo...

Hola Pedro.
Blogger es cabezota y respondón.

Para sangrar la primera línea, por cada   que pongas, sangra un espacio.

(exasperante)

Buena suerte

Alicia dijo...

¿ves como es exasperante?

& nbsp;
pero sin espacio entre caracteres

mira esta página

http://www.bloggertalk.net/ftopicp-678.html

Alicia dijo...

Bueno Pedro.
Mi enhorabuena por tu victoria sobre Blogger.

Y en cuanto al relato, como siempre, muy bueno. Pero va a ser cierto eso que dicen que tienes una obsesión...

charlie dijo...

Jelou vecino, tienes azucar?, y sal? y 220 gr de salchichon?

Sal Duluoz dijo...

Vaya, buen relato se marca usted. Ya desde los tiempos de Albanta apuntaba buenas maneras...