(A veces encuentro placer en escribir por escribir, no tengo historia, va fluyendo. Ésta es la primera entrega de algo que empezó por ver una alcantarilla destapada)
Cada mañana, cuando salía a su paseo cotidiano, se esforzaba en encontrar algo que distinguiera ese día del día anterior. Pocas veces descubría grandes cambios, y cuando lo hacía, por mucho que se esforzara en grabarlo nítido en su memoria, ésta, con las baterías descargadas por los más de setenta años de uso, perdía los detalles en los rincones o en los fondos sin fondo de los viejos cajones.
El Sol ya estaba alto, serían cerca de las once, o eso dedujo por la sombra del pararrayos del Ayuntamiento que estaba rozando el filo de la acera. Había perdido la costumbre de mirar el reloj antes de salir de casa, le costó trabajo, tanto como aprender, en las semanas siguientes a su jubilación, caminar libre de la esclavitud del reloj de pulsera. Pero lo consiguió, y se acostumbró a vivir con la lentitud y la despreocupación del que confía en su cuerpo para que le dicte sus necesidades. “¿Tengo hambre? ¡Pues como! ¿Tengo sed? ¡Pues bebo! ¿Tengo sueño?...” Y ahí empezaban los problemas. Como mucho, justo después de comer, con el calor de la tarde, o por las noches con la tele, a la que cada vez le encontraba menos aliciente, le invadía un sopor, una modorra que se quedaba sólo como promesa de una siesta o una noche ininterrumpida de sueño.
Cuando su esposa vivía, ya en los últimos años, sufriendo los dos del mismo mal, del insomnio, encontraron el uno en el otro remedio para soportar las noches en blanco. Y vieron pasar muchas horas de madrugada jugando a las cartas y apostando garbanzos, los mismos que se comían cocinados días más tarde. También hablaban, siempre de hacía mucho tiempo, como si estuvieran contando cuentos infantiles. Y alguna que otra noche, ella ponía los pies en su regazo, cuando no su cabeza, y mientras hablaban lánguidamente de sus hijos, tan lejos, de sus nietos, tan desconocidos, él le acariciaba los pies o hacía rizos con su cabello ralo hasta que la conversación se acababa. Luego, gastaban las horas en la suave contemplación del murmullo de la respiración del otro.
Pero ahora, las noches le encerraban con sus muros de oscuridad, le aislaban del resto del mundo, y le atormentaban con tenebrosos crujidos de muebles, que sonaban como auténticas promesas de aterradoras apariciones en su trasnochada soledad. Alguna vez, fruto de elucubraciones estúpidas de su mente desocupada, pensó que era objeto de un estudio por parte de los Dioses caprichosos, que al igual que a un ratón de laboratorio atrapado en el laberinto que era su piso, le observaban encerrado y solo durante las horas interminables de una madrugada vacía. Hubo noches que lloró, hubo noches que tuvo miedo a lo que podía aparecer detrás de las sombras, pero logró reunir el valor suficiente para esperar, a veces más a veces menos, al Sol, que siempre fue lo único que acababa corriendo las oscuras cortinas de los temores. Y esa mañana, ese mismo Sol parecía tener el ímpetu de una estrella joven, pues pintaba las calles, las casas, el cielo y hasta el aire con alegres colores veraniegos.
Él, sin destino, caminaba con una parsimonia que contrastaba con las prisas del resto del mundo. Usaba sombrero de paja y un bastón que utilizaba no como apoyo, si no como una muleta cuya finalidad no era otra que la de mantener ocupada al menos una mano. Odiaba tener las dos manos libres, nunca sabía qué hacer con ellas. Metidas en los bolsillos, le parecía que daban un aire indolente y despreocupado que no le gustaba. Si se sujetaban la una a la otra, inutilizadas mutuamente, al poco rato le sudaban y empezaban a dolerle los hombros por el peso muerto. Los brazos cruzados ¡nunca! así eran una muralla que le impedía el contacto con los demás, y ya tenía bastante aislamiento durante la noche. Pero con el bastón todo cambiaba, una mano siempre estaba atareada y la otra podía ocuparse de saludar, rascarse, señalar y a veces descansar inocente en el bolsillo. También en alguna ocasión pensó que el bastón le daba cierto aire interesante y soñaba despierto con los murmullos de admiración que levantaba en algunas mujeres. Al fin y al cabo seguía siendo un hombre, aunque su cuerpo lo olvidara por días, por lo visto, su cuerpo también tenía mala memoria.

3 comentarios:
Yo he estado buscando en el Corte Inglés pasajes para la tierra del Nunca Jamás.
Si sabes algo Pedro, no dejes de avisar.
Por cierto, lo del bastón es totalmente lógico. Tengo que conseguirme alguno para después.
¿Eso se te ocurrió al ver una alcantarilla abierta?
Pues perdóname, pero pienso que tienes una gran imaginación.
Lo tuyo es talentoso y admirable. No dejes de escribir. Saludos desde Argentina.
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