
Hoy la lluvia me ha sorprendido cuando volvía del trabajo, y me ha mojado. Sería más cierto decir que me he dejado mojar. Recordé aquel otro día en que también llovió y he vuelto caminado tranquilamente mientras las gotas empapaban mis ropas y llenaban mis zapatos hasta lograr que marcaran el ritmo de mis pasos con un ahogado choff choff. Me ha resultado grato recordar todo aquello, aunque puede que no sea aconsejable para mi corazón un ataque de añoranza de ese calibre.
Aquel fue el primer día que me afeité. Lo hice a hurtadillas, pasando el cerrojo del baño, consideraba que afeitarme era la muestra visible de todos los cambios que mi cuerpo estaba sufriendo, y lo mismo que escondía pudoroso el vello en las axilas o en el pubis, oculté mis planes entre avergonzado y temeroso de las burlas de mi hermano. Solo tenía un marcado bozo y algunos pelos impacientes y desgarbados, alejados los unos de los otros, perdidos en mi cara. La cuchilla se deslizó suave, pensé que no cortaba, pero cuando a su paso limpiaba de mi rostro la espuma, pude advertir que los pelos desaparecían dejando mi piel como el culo de un niño, por entonces no había tanta diferencia aún. La loción picaba, más de lo que podía imaginar. Dudé si ponerme un poco de la colonia de mi padre, al fin, abandoné la idea, pues sabía que podría ocultar a los ojos de mi madre y mi hermano el rostro afeitado, pero no sería posible si paseaba ante sus narices un reclamo de esa índole.
Aquel día fue el de mi primera cita. La tarde, gris por la gruesa capa de amenazadoras nubes, me azotaba la cara, helándola, con una brisa inconstante, caprichosa, mientras caminaba al punto del parque donde había quedado con Elena. Mi estómago se asemejaba a un agujero negro, profundo, grande, vacío. Ataques de pánico fugaces me asaltaban preguntándome si sabría comportarme, si cumpliría las expectativas de ella. En el colegio la relación era fluida y teníamos tema de conversación inagotable con las anécdotas de la clase, con los profesores y nuestros amigos. Pero estábamos fuera, iríamos al cine y yo no sabía de qué hablar. Me calmaba el hecho de que no podríamos hacerlo allí, y luego, tal vez podíamos hacerlo… de la película.
Aquel día le cogí la mano por primera vez, no como la consecuencia de un juego, ni para ayudarla. Le cogí la mano para que me viera. Me ayudé de la oscuridad del cine, e indecisa, mi mano buscó la suya. Luego, esa misma oscuridad ocultó nuestras mejillas ruborosas, no pudo hacerlo con nuestros tímidos ojos chispeantes de alegría.
Más tarde, nos comimos unas hamburguesas en una mesa, lejos de los amplios ventanales del local, y seguimos hablando del colegio, de los profesores y de nuestros amigos. Creo que ella tampoco prestó mucha atención a la película.
Caminamos despacio hasta un cruce dos calles antes de llegar a su casa. Era lo acordado.
— Lo he pasado muy bien.
— ¡Y yo! — rápido, impaciente, como si la tardanza en responder significara lo contrario.
Fue entonces cuando empezó a caer la lluvia, de a poquito, incentivando la despedida.
— Podemos repetirlo, si quieres… mañana puedes…
— Recogerte en la academia a las seis. — Terminé la frase.
Ella me regaló una amplia sonrisa, y con un rápido gesto me besó en la boca. Se giró y corrió hacia su casa. El agua ya caía con fuerza pero yo seguía de pie, aguantando, estoico, disfrutando del dulce sabor de la despedida mientras la observaba alejarse.
Alguien pasó a mi lado y me riñó.
— ¡Niño! ¡Que te estás mojando!
----------o----------o----------
— ¿Pero dónde te has metido? ¡Si vienes empapado! — Me recibió mi madre.
— Mamá, ¿seguro que Pedro no es adoptado? ¡Es tonto! Mira como se ríe. — Se burló mi hermano.
Aquel día fue el primero que mi hermano no me molestó con sus chanzas, lo miré y me compadecí de su triste vida.
— ¡Venga! Sube al baño, te quitas esa ropa y te secas ¡Que te vas a morir de frío!— Me ordenó mi madre mientras me empujaba hacia las escaleras.
¿Frío? Pensé mientras subía, como flotando. ¡Imposible! Cierto es que estaba tiritando, pero el cálido roce de sus labios, aún ardía en los míos.

5 comentarios:
Estoy entusiasmado. Abobado y maravillado.
ado?
Ven a mis brazos osito.
siempre que comento en blogger me siento como mortadelo y filemon cuando entraban en la agencia a través de la pared, con el dichoso codigo.
Me gusta como te deslizas suavemente en un texto llano y simple tan difícil de escribir. Cada palabra encaja y se saborea con dulzura y cariño.
Me ha gustado mucho, Pedro, me deja mejor que los magistrales textos de muerte y fantasmas.
Besos...
Me ha encantado la sensualidad y ternura que desprende de principio a fin.
Encantado de volverte a saludar. Espero que hayas disfrutado con Auster. Te recomiendo... todos!!!
Mira que casualidad que tus hijos se vengan para la isla ¿y eso?
No dejes de cuidate.
Saludos
Adorablemente dulce.
Publicar un comentario en la entrada